Socialismo en disputa: presente y futuro en un cambio de época

Desde lo tétrico del presente, pero persistiendo en el ensayo de preguntas y respuestas posibles, Agustina Donnet nos convoca a no perder las esperanzas, proyectando y construyendo activamente nuestro futuro socialista.

Por: Grupo Sagitario / Entrevista a: Agustina Donnet
Arte: Valentina Ansalidi

Paz Soldán. 145 x 90 cm. Acrílico sobre tela. 2018.

Paz Soldán. 145 x 90 cm. Acrílico sobre tela. 2018.

Como joven socialista me siento profundamente honrada de ser convocada a escribir estas líneas, como un aporte a la enorme, difícil y titánica tarea de reconstruir un horizonte político posible para el socialismo en la Argentina. No busco aquí dar definiciones conceptuales cerradas ni reconstrucciones históricas exhaustivas: habrá en este número voces autorizadas que protagonizaron procesos de unidad, consolidación y crecimiento del socialismo en nuestra historia reciente. Mi preocupación central es otra: pensar el futuro desde un presente que nos inquieta, nos desorienta y nos obliga a ensayar respuestas nuevas, o al menos a formular preguntas renovadas.

Partimos de una constatación ineludible: atravesamos un recrudecimiento atroz del neoliberalismo, acompañado por el crecimiento exponencial del individualismo y una profundización de procesos globales que exceden largamente la esfera económica. No se trata sólo de la concentración de la riqueza, de la especulación financiera, del poder creciente de grandes corporaciones transnacionales, ni del auge de las redes sociales y las tecnologías digitales. Estamos frente a un cambio cultural profundo, que erosiona la vida comunitaria, debilita los lazos sociales y no encuentra como contracara un Estado con capacidad real de intervención. Este proceso se agravó tras la pandemia, con impactos evidentes en la salud mental, los vínculos y las expectativas de vida de amplios sectores de la población mundial.

Naturalizamos escenarios que deberían alarmarnos: la guerra como paisaje permanente; la gestión individual del sufrimiento como respuesta casi exclusiva al malestar social; un deterioro acelerado de la capacidad crítica moldeada por dispositivos, algoritmos y nuevas tecnologías; y los consumos problemáticos y el uso generalizado de psicofármacos. Todo ello ocurre en un contexto signado por la irrupción de la inteligencia artificial, que profundiza y radicaliza estas dinámicas.

En este escenario se explica también el avance de la ultraderecha. La Argentina, sin embargo, parece dar un paso más allá, con la singularidad de tener al primer presidente anarcocapitalista de la historia mundial. La pregunta es inevitable: ¿cómo pasamos de una conquista histórica como el aborto legal —incluso con un Papa argentino— a este presente de retrocesos vertiginosos? La lógica pendular forma parte de nuestra historia política, pero una vez más logramos llevarla a un extremo antes desconocido. Decir que “esto ya lo vimos en los ’90” resulta insuficiente frente a una realidad atravesada por dinámicas propias de nuestro tiempo.

La pregunta es inevitable: ¿Cómo pasamos de una conquista histórica como el aborto legal —incluso con un Papa argentino— a este presente de retrocesos vertiginosos? La lógica pendular forma parte de nuestra historia política, pero una vez más logramos llevarla a un extremo antes desconocido

Vivimos una tendencia global que podría definirse como de anestesia social: cada vez menos cosas nos conmueven, la atención dura segundos y la política parece más preocupada por la viralización que por la discusión de ideas, programas o proyectos colectivos de vida digna. Resulta anacrónico que los partidos sigan mirando hacia otro lado cuando los algoritmos moldean la opinión pública, las grandes corporaciones tecnológicas venden datos privados y condicionan procesos electorales.

En este contexto, pensar el socialismo hoy exige explicitar una concepción clara. Desde nuestra perspectiva, el socialismo es inseparable de la lucha contra la desigualdad estructural, de la ampliación de derechos y de la democratización real de la sociedad. Es, ante todo, un proyecto ético-político de futuro. No hay libertad posible sin igualdad material, ni democracia verdadera cuando amplios sectores de la sociedad quedan excluidos del acceso a la educación, la salud, la vivienda, el trabajo digno y la redistribución de las tareas del hogar. En ese sentido, el socialismo no es una nostalgia del pasado ni una identidad testimonial: es una herramienta viva para intervenir en el presente, disputar el sentido común dominante y construir mayorías sociales capaces de disputar poder.

El socialismo no es una nostalgia del pasado ni una identidad testimonial: es una herramienta viva para intervenir en el presente, disputar el sentido común dominante y construir mayorías sociales capaces de disputar poder.

Frente al avance de un neoliberalismo radicalizado que vacía de contenido a la democracia y cuestiona derechos básicos, el socialismo vuelve a ser necesario como horizonte civilizatorio. No como dogma, sino como praxis política capaz de articular justicia social, democracia profunda y participación popular. En esa tarea, la juventud es un sujeto político clave, no como consigna sino como realidad: porque expresa con claridad las contradicciones del presente —precariedad, incertidumbre, malestar— pero también la potencia transformadora que toda reconstrucción política necesita. Apostar a la juventud no es un gesto simbólico, sino una definición estratégica.

Pensar un futuro socialista en este contexto es audaz, pero imprescindible. Implica animarse a dar las discusiones centrales de nuestro tiempo: la educación pública como política social estructural; la soberanía científica y tecnológica como proyecto de desarrollo; el cuidado de la salud mental de la sociedad; el trabajo digno y el derecho al descanso frente a la precarización laboral; una transición ecológica justa que proteja los bienes comunes y los territorios; un Estado con capacidades reales para regular a los poderes económicos y tecnológicos; y una ética pública intransigente frente a la corrupción y la fuga de capitales.

Tanto el movimiento feminista como el ecologismo tienen una potencia pedagógica enorme para repensar la política, las relaciones de poder, los cuidados, el vínculo con el ambiente y la organización social de la vida.

La batalla cultural, entendida como disputa por el sentido común, es inevitable. Renunciar a ella es aceptar como naturalizar un orden social profundamente injusto. En este punto, es central no “comerse la curva” frente a los discursos que buscan deslegitimar al feminismo o al ambientalismo como supuestas agendas ajenas a las mayorías. Tanto el movimiento feminista como el ecologismo tienen una potencia pedagógica enorme para repensar la política, las relaciones de poder, los cuidados, el vínculo con el ambiente y la organización social de la vida. Por eso, educación, cultura, deporte, comunidad y encuentro no son dimensiones accesorias, sino políticas centrales para recomponer una trama social dañada por décadas de neoliberalismo, que se deben dar desde estas perspectivas.

Recuperar el socialismo hoy es recuperar la capacidad de intervenir colectivamente en la historia: es negarnos a aceptar la realidad como destino y asumirla, en cambio, como un terreno de disputa. Asumirlo, permite comprender que el socialismo no está condenado a la marginalidad ni a la nostalgia. Pero, su reconstrucción exige claridad ideológica, coherencia política y la decisión firme de enfrentar, sin atajos ni adaptaciones oportunistas. El desafío es construir un verdadero proyecto político para las generaciones venideras. La experiencia internacional lo demuestra: hace poco tiempo era impensable que un socialista democrático como Zohran Mamdani se convirtiera en una figura central de la política mundial y alcalde en Nueva York, disputando poder en el corazón mismo del capitalismo global. Hoy es una realidad y un faro de esperanza. Por supuesto que estos procesos no son modelos exportables, pero sí señales de que, incluso en escenarios adversos, es posible reconstruir mayorías desde ideas claras, coherencia política y arraigo social.

Recuperar el socialismo hoy es recuperar la capacidad de intervenir colectivamente en la historia: es negarnos a aceptar la realidad como destino y asumirla, en cambio, como un terreno de disputa. Asumirlo, permite comprender que el socialismo no está condenado a la marginalidad ni a la nostalgia. Pero, su reconstrucción exige claridad ideológica, coherencia política y la decisión firme de enfrentar, sin atajos ni adaptaciones oportunistas. El desafío es construir un verdadero proyecto político para las generaciones venideras

Ese horizonte no está clausurado; está abierto, en tensión y nos interpela. Es nuestra responsabilidad asumir esa disputa y avanzar con convicción y coraje hacia un futuro posible, deseable y todavía inconcluso, que reclama ser construido colectivamente, con una lógica política absolutamente nueva, distinta a lo ya conocido y a la altura de estos nuevos tiempos.

Código del artículo: 25003007

Scroll al inicio