Por una política socialista del tiempo que ponga en el centro la pregunta por cómo queremos vivir, y no solo por cuánto producimos.

Si el socialismo no sólo es una política de redistribución del capital, sino también de la libertad y el tiempo, debe ser acompañado por una escucha táctica y fundamentalmente por la humildad que ejercitan quienes se equivocan. La fisonomía actual del socialismo no sorprende a Hernan Martini, al contrario, se le presenta tanto como resultado esperable de este tiempo histórico y sus políticas activas de fragmentación social, como una oportunidad para no sólo volver a preguntarnos -¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quiénes? ¿Quiénes somos?- sino también a escuchar.

Por: Grupo Sagitario / Entrevista a: Hernán Martini
Arte: Valentina Ansalidi

Canoa (después de Peter Doig). 110 x 145 cm. Acrílico sobre tela. 2022

Canoa (después de Peter Doig). 110 x 145 cm. Acrílico sobre tela. 2022

Para ser coherente con la conversación política a la cual se me convoca, prefiero concebir al socialismo como un modelo de sociedad, del cual solo conocemos algunos de sus pilares, más que como una forma definitiva ya realizada. Es, antes que nada, una dirección en la que queremos caminar: una concepción sobre lo que debe ser por encima de lo que es, pero formulada a partir de una comprensión crítica de lo que efectivamente existe. Es una búsqueda de transformación que desconfía estructuralmente del status quo y de las formas en que la desigualdad se naturaliza. 

A una persona socialista le resulta permanente e insoportablemente incómoda la desigualdad, que no es otra cosa que la injusticia hecha estructura.

De lo que sabemos hasta ahora, el socialismo porta una visión humanista, orientada por la igualdad y la libertad. Discute históricamente los límites de los conceptos de propiedad, porque entiende que ciertas formas de propiedad —y de concentración de poder asociadas a ella— terminan desfigurando la esencia de nuestra humanidad en tanto libre de hacerse a sí misma. Para decirlo de manera más simple: a una persona socialista le resulta permanente e insoportablemente incómoda la desigualdad, que no es otra cosa que la injusticia hecha estructura.

Desde esta perspectiva, y en función del periodo post-capitalista que atravesamos, el socialismo también deberá pensarse como una configuración particular de la circulación de las ideas: existen modos de organizar quién habla, quién escucha, qué se considera legítimo pensar y qué se vuelve impensable, que orientan a una sociedad hacia una concepción más socialista. La acción socialista, consiste en gran medida en reconfigurar ese circuito de ideas: intervenir en cómo se produce, se distribuye y se valida el sentido, para que la igualdad y la libertad dejen de ser meros enunciados y se conviertan en principios efectivos de organización social.

El socialismo es el proyecto de construir una configuración en la que la igualdad no sea solo un principio normativo, sino un criterio efectivo de distribución del tiempo social, del poder de definir sentidos y del acceso a los medios materiales necesarios para una vida feliz.

¿El socialismo hoy? Lo veo menos unificado de lo que debería para estar a la altura del momento histórico que estamos viviendo. En parte, porque no puede ser ajeno a una política deliberada de fragmentación social y también es víctima de la misma. El capitalismo frente al cual se pensaron muchas de nuestras categorías clásicas ya no existe en esos mismos términos, y sin embargo seguimos discutiendo con herramientas viejas. Nos enfrentamos a una combinación de capitalismo de plataformas, extractivismo de datos y economía de la atención, y seguimos intentando leerla con lentes diseñados para otra época.

La necesidad de volver a representar va en paralelo con la de encontrar al sujeto representado. En un escenario de fragmentación y delimitación de los campos sociales, se vuelve difícil seguir analizando la realidad con los mismos lentes de siempre. Por eso, el socialismo no debería renunciar a revisar críticamente sus propias fuentes. El momento histórico actual nos obliga a repensar preguntas básicas: ¿Por qué?, ¿Para qué?, ¿Para quiénes?, ¿Quiénes somos? 1 No hay riesgo en hacerlo: lo peor que puede pasar es que las respuestas sigan siendo las mismas. Pero si abandonáramos las ideas socialistas, la humanidad perdería muchos caminos posibles hacia formas de vida direccionadas hacia la autorrealización. 

Al mismo tiempo, veo un escenario optimista. La cantidad de socialistas “equivocados” (porque en algo estamos equivocados) es enorme, y la derrota es de tal magnitud que la humildad teórica se vuelve casi inevitable. Y la humildad es una condición necesaria para un diálogo verdaderamente libre e igualitario. De aquí salen dos ideas que me parecen prometedoras. Primero, la humildad como apertura a reconocer errores, a entusiasmarse con dejar atrás dogmatismos (hoy hay tantos dogmas como socialismos) y a habilitar una etapa de conversación entre quienes se asumen socialistas, sin exclusiones. Segundo, la posibilidad de encontrar una propia configuración del diálogo: un modo de circulación del flujo de ideas donde todos y todas tengan acceso igualitario a participar.

Sólo hay libertad si la igualdad de acceso a la información está garantizada. Y aunque esto no sea nuevo en sí mismo, la “igualdad de acceso” necesita ser redefinida. Fenómenos como la difusión de fake news, la generación de cámaras de eco, la manipulación asociada a la concentración absurda de poder y la irrupción de la inteligencia artificial como instrumento masivo, obligan a preguntarnos qué significa hoy igualdad de acceso a la información. La importancia es enorme: la sociedad está “compuesta” por individuos química y biológicamente alterados por esta nueva circulación de ideas. Los dueños de los medios de esa circulación construyen estructuras con un objetivo manifiesto: capturar nuestra atención, conectarnos a sus redes, que miremos las pantallas, que interactuemos mostrando quiénes somos y quiénes no. La fragmentación social es la base de la manipulación, y la adicción física es su consolidación. El fin último es la capitalización económica a partir de la manipulación de las cámaras de eco, usando como botonera nuestras emociones: la angustia, la depresión, el enojo, el odio, la frustración etc. Estos últimos constituyen fenómenos sociales que estamos obligados a observar2

En un mundo donde nuestros roles están digitalizados (en la red somos estudiantes, docentes, profesionales, pacientes, comerciantes, clientes, trabajadores, empresarios, amigos, enemigos, vecinos, amantes, en fin, usuarios de todo tipo) nuestro tiempo conectado está siendo minado. La contracara es la apropiación ilegítima de los avances tecnológicos. No es casual que, a pesar del avance en la automatización, hoy es necesario trabajar más, para sostener un sistema que nos exige seguir trabajando más. Entonces la idea de libertad que empuñan las grandes plataformas a través de sus gobiernos está, como mínimo, contaminada por las evidentes trabas para acceder de manera realmente igualitaria a la información.

Respecto a las tareas urgentes, creo que hoy hay dos disputas centrales, no las únicas, pero sí claves para construir socialismo: la disputa por los medios de circulación de ideas y la disputa por el tiempo.

En primer lugar, la circulación de ideas ya no puede pensarse sólo como “medios de comunicación” en sentido clásico. Hoy se trata de un entramado de plataformas, algoritmos y dispositivos que producen mundos, emociones y percepciones de manera continua. Una tarea urgente del socialismo es reconstruir una infraestructura cognitiva propia, aunque sea modesta: medios alternativos, espacios formativos, redes de producción de conocimiento local que no se limiten a reaccionar, sino que elaboren mundo.

En segundo lugar, el campo social temporal está en disputa tanto en su dimensión física (tiempo de trabajo, de pantallas, de conexión, de traslados) como en su dimensión simbólica (cómo percibimos el tiempo, qué consideramos tiempo “bien usado” o “perdido”). El valor del tiempo, su valor de uso y su valor de cambio, es uno de los núcleos de la discusión. Pensar el valor de uso del tiempo es, en el fondo, preguntarnos permanentemente qué queremos hacer con nuestra vida. La disputa es, en última instancia, por el ocio: por ese pedazo de tiempo que disponemos. El ocio es la manifestación práctica de nuestra idea de libertad. Defenderlo, ampliarlo, democratizarlo es una tarea política.

El ocio es la manifestación práctica de nuestra idea de libertad. Defenderlo, ampliarlo, democratizarlo es una tarea política.

Finalmente, y pensando en un principio básico de estrategia electoral socialista para el escenario nacional, considero que no puede quedar una sola persona socialista por fuera. No lo planteo como una consigna moral de unidad, sino como una política de reconocimiento: asumir que todo aquel que se diga socialista merece ser escuchado como tal 3. Si alguien tiene una explicación para definirse socialista, es una oportunidad para escucharla. El nivel de dispersión es tan grande que, matemáticamente, no es posible descartar que el otro tenga razón. Vale la pena tomar eso en serio. Socialistas buscando a quienes se digan socialistas, para conversar: eso ya sería un avance.

Si la política de escuchar se establece tácticamente, también vamos a ir en busca de quienes creemos que son socialistas, aunque no se nombren así todavía, para invitarlos a esa conversación. La propia idea de socialismo es la que crece; somos responsables de que ese crecimiento ocurra, pero no de fijar de antemano su forma definitiva. Esa concepción de la libertad —como apertura a la auto-transformación del propio proyecto— es profundamente coherente con la idea de igualdad que defendemos.

Si la política de escuchar se establece tácticamente, también vamos a ir en busca de quienes creemos que son socialistas, aunque no se nombren así todavía, para invitarlos a esa conversación. La propia idea de socialismo es la que crece; somos responsables de que ese crecimiento ocurra, pero no de fijar de antemano su forma definitiva. Esa concepción de la libertad —como apertura a la auto-transformación del propio proyecto— es profundamente coherente con la idea de igualdad que defendemos.

¿Qué propuestas políticas me parecen que se deben levantar como banderas para una campaña socialista? Sin duda, la regulación democrática de las economías de plataforma. No solo en términos laborales (derechos, ingresos, seguridad social) sino también en términos de transparencia algorítmica, protección de datos y límites a la concentración del poder sobre nuestra atención, nuestras emociones y nuestras relaciones sociales. Constitucionalizar el espacio digital y regular democráticamente las economías de plataforma. No se trata solo de “regular aplicaciones”, sino de reconocer que las plataformas hoy son infraestructura básica de la vida social. 

La disputa por el tiempo de ocio como derecho social. Reconociendo al ocio como una dimensión concreta de la libertad, situación que implica reducir la jornada laboral, garantizar tiempo para la formación, la cultura, el descanso y el cuidado; proteger el tiempo no conectado y el tiempo compartido. Una política socialista del tiempo que ponga en el centro la pregunta por cómo queremos vivir, y no solo por cuánto producimos. El socialismo no puede limitarse a redistribuir ingresos; debe redistribuir el tiempo disponible para la vida. 

Finalmente, creo que todas estas políticas, como anticipé, deberían estar guiadas por el principio de la humildad. 

Código del artículo: 25003008

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