Las políticas culturales deben reconocer el trabajo como fundamento de todo proyecto cultural

Frente al avance del mercado y la lógica individualista del emprendedorismo cultural, Rubens Bayardo plantea la necesidad de reconstruir la institucionalidad, fortalecer la organización colectiva y garantizar condiciones dignas para quienes producen cultura.

Por: Matías Zarlenga / Entrevista a: Rubens Bayardo
Arte: Valentina Ansalidi

Todos los días en Lacroze. 160 x 200 cm. Acrílico sobre tela. 2018.

Todos los días en Lacroze. 160 x 200 cm. Acrílico sobre tela. 2018.

Revista Sagitario: ¿Qué concepción de políticas culturales tenés y qué papel deberían tener en las sociedades?

Rubens Bayardo: Sigo pensando que la mejor definición de políticas culturales es la que dio Néstor García Canclini en 1987. Por supuesto que en la contemporaneidad hay actualizaciones y modificaciones que hacerle, pero las políticas culturales son el conjunto de actividades para orientar el desarrollo simbólico de la sociedad, satisfacer necesidades culturales de la población y obtener consenso sobre el orden y la transformación social.

Las políticas culturales son el conjunto de actividades para orientar el desarrollo simbólico de la sociedad, satisfacer necesidades culturales de la población y obtener consenso sobre el orden y la transformación social.

Esas siguen siendo las cuestiones elementales. Y un principio orientador fundamental es el principio de democratización, que puede tener distintos clivajes como la más conocida democratización del difusionismo, la democracia participativa, o la democracia radicalizada que algunos colectivos están planteando. Son distintas formas de democracia en discusión.

Revista Sagitario: ¿Podrías hacer una aclaración sobre qué entendés por democratización y qué por democracia cultural?

Rubens Bayardo: La democratización cultural se viene ensayando desde mediados del siglo veinte, consiste en difundir los bienes simbólicos consagrados o, también, propiciar espectacularizaciones masivas como modo de propagar ofertas culturales. Lleva bastantes décadas sin mostrar buenos resultados, en el sentido de que lo que hace es reforzar las jerarquías preexistentes con la popularización de lo consagrado, o bien propiciar una cultura del consumo en sintonía con las iniciativas mercantiles, como en el caso de los espectáculos y eventos, los procesos de festivalización. El difusionismo tiene además un efecto anti redistributivo, es decir, asume parte del gasto cultural de quienes cuentan con capacidades de pago y ya accedían a las formas consagradas, pero no invierte en otras poblaciones y expresiones.

Hay muchas bibliotecas sobre la noción de democracia, básicamente la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Una distinción que suele hacerse, además de otras, es entre la democracia representativa y la participativa. Creo que tanto el aspecto representativo como el participativo son importantes para lograr formas democráticas. Es importante que distintos grupos sociales, distintos sectores de producción cultural tengan espacios organizativos en los que puedan poner en circulación y debate distintas perspectivas, propuestas, intereses, a la vez que participar sin exclusiones en instancias que operan en distintos niveles como comunas, municipios, federaciones, donde inevitablemente juega la representación.

Revista Sagitario: ¿Qué diagnóstico podés hacer de las políticas culturales a nivel nacional hoy en la Argentina?

Rubens Bayardo: Hoy las políticas culturales están concentradas en dos cosas. Una es de carácter ideológico: lograr adhesión al gobierno y a las nociones políticas con alta carga emocional que este pretende instalar, pues no necesariamente tienen adhesión en distintos actores culturales. La otra es de carácter económico: privatizar la cultura transfiriéndola y acotándola a la esfera de los mercados y sus intereses, minimizar el financiamiento público para adueñarse de esos fondos. Su concentración se destina a otros fines y beneficiarios, como son ajustar y equilibrar las cuentas públicas, favorecer a los carry traders y pagar a los acreedores externos. Hay países que achicaron o suprimieron el área de cultura, pero han vuelto a darle entidad con menor nivel o dentro de otra agencia gubernamental, por las luchas sociales que los enfrentaron y también porque en el concierto global de las políticas públicas “hay que tener” actividades culturales. Además, cabe señalar que no es casual que esta área la maneje un productor de comedia musical comercial, amigo personal de la hermana del presidente, que funge como secretaria general de la presidencia. Los problemas del dirigismo cultural y de la centralización aparecen hoy como nunca se había visto en democracia. Va en contra de todos los planteos de descentralización propulsados desde los años 60 en todo el mundo llamado “occidental”.

Revista Sagitario: ¿Cómo afecta el desfinanciamiento a la institucionalidad cultural de la Argentina?  

Rubens Bayardo: Una vez desfinanciadas ciertas instituciones y rotas sus rutinas y mecanismos, es difícil recomponerlos, restituirlos. Las instituciones dejan de ser referencias confiables para los actores de distintas ramas de actividad cultural y para la sociedad misma. ¿Quién cree hoy en la capacidad de agencia y de interlocución del Instituto Nacional del Teatro, del Instituto Nacional de la Música, del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales o del Fondo Nacional de las Artes?

La institucionalidad pierde músculo y credibilidad, mientras que la acción cultural pública necesita continuidad y tiempos prolongados para hacer sentido, consolidarse y lograr efectos sensibles. Las actividades necesitan previsiones, organización, curaduría, a veces planificación a tres, cuatro años, si no más. Del otro lado está la improvisación, el repentismo, la conveniencia del momento o “sacar las papas del fuego” con una muestra o un evento efímero. Quiero agregar que más de una vez critiqué a los institutos que gestionan fondos concursables, en parte por su temporalidad de proyectos breves y sus efectos de sectorialización. Pero es preciso reconocer que han tenido la virtud de conformar modos de federalización con representantes en todas las provincias, representantes regionales, encuentros y asambleas. Logrando superar intentos previos, quizás han sido el espacio de acción cultural más federal, y eso es justamente lo que se está atacando con su desfinanciación, a la vez que se han suprimido las instancias de la participación federal.

Eso significa que la institucionalidad está cada vez más distanciada de las personas efectiva o potencialmente interesadas en la cultura. Por mucho tiempo ha sido un problema el alejamiento de los actores y sectores directamente involucrados y de la población más amplia, hoy esto se agravó. 

Revista Sagitario: ¿Cuál era tu crítica a los institutos?

Rubens Bayardo: Los institutos se crearon en la presidencia de Menem durante los noventa, en buena medida para ablandar tensiones y cooptar a sectores que estaban en contra del gobierno, en principio fueron prendas de cambio para obtener legitimidad y afirmar hegemonía. A la vez los institutos obstruyeron las posibilidades de pensar en términos comunes, generales y transversales a la cultura, favorecieron sectorialidades fragmentadas y cristalizaron jerarquías preexistentes y formas de dominación localmente consolidadas, sin perspectivas nacionales. Los institutos también limitaron intercambios al interior de la cultura en momentos en los cuales se disparaba la transdisciplinariedad, el cruce de géneros y de lenguajes. Ya proliferaban debates del tipo: “¿esto es teatro, danza, teatro-danza o danza-teatro?”, “¿esto es cine testimonial, documental o docudrama?”. Pero el tópico de las nuevas indagaciones y propuestas, de las discusiones estéticas y políticas quedaba desvaído tras las disputas por el acceso a los fondos de financiamiento. La dinámica cultural es sumamente cambiante, de continuo genera formas que alteran o ponen en cuestión a las anteriores, sin renunciar a la permanencia de otras. Tener una institucionalidad que privilegia la separación, la fragmentación, no ayuda a prestar atención ni a dar reconocimiento a los despliegues de toda esa creatividad.

Los institutos se crearon en la presidencia de Menem durante los noventa, en buena medida para ablandar tensiones y cooptar a sectores que estaban en contra del gobierno, en principio fueron prendas de cambio para obtener legitimidad y afirmar hegemonía.

Otro aspecto para destacar es que los institutos dirigieron las convocatorias de obtención de fondos a los proyectos de “los artistas” oscureciendo el hecho fundante de que estas personas son trabajadoras. Las leyes – esto se nota bien en la de constitución INAMU – diluyen las interpelaciones del trabajo y sus figuras asociadas como la retribución digna, las buenas condiciones laborales, la prestación de seguridad social, la cobertura de servicios previsionales, la adecuación de la fiscalidad. Construyen un artista “por amor al arte”, al que se le concede un estipendio, un subsidio para que realice un proyecto, pero se apoya al proyecto, no la formación, el mantenimiento y la organización laboral del artista. Eso fomenta la vitalidad cultural, es decir la multiplicación de ofertas y atracciones culturales, pero no retribuye las contribuciones directas ni las externalidades de la cultura y hace tambalear la sostenibilidad cultural. No contribuye a que exista formación de calidad, experimentaciones, proyectos y programas a largo plazo, conversaciones sostenidas entre corrientes de creación.

Subyace a esto la figura del “emprendedor de sí”, esto es el artista o el trabajador cultural como culturalpreneur, un emprendedor cultural que se sostiene a sí mismo desarrollando múltiples actividades: detectar oportunidades, redactar proyectos, hacer presupuestos, contratar salas, organizar funciones y giras, difundir en redes, sin olvidar otras ocupaciones para generar ingresos alimentarios. Es la figura del héroe del mercado que requieren los grandes negocios y los partidarios de un Estado sin responsabilidades sociales. Esto implica sobrecargas laborales y vitales precarizantes e injustas. También una dispersión desfavorable para propuestas que apuntan a la búsqueda de alternativas estéticas, de creatividad social e individual y de formas de democratización y de democracia más amplias. 

El artista o el trabajador cultural como culturalpreneur, un emprendedor cultural que se sostiene a sí mismo desarrollando múltiples actividades: detectar oportunidades, redactar proyectos, hacer presupuestos, contratar salas, organizar funciones y giras, difundir en redes, sin olvidar otras ocupaciones para generar ingresos alimentarios.

Revista Sagitario: ¿Cuáles son, en el corto plazo, las tareas urgentes que debería asumir el Estado nacional en materia de política cultural?

Rubens Bayardo: Habría que redimensionar la institucionalidad cultural y sus inercias, en Argentina como en otros países hay una institucionalidad aluvional de capas sedimentarias y hasta de capas geológicas, que operan por acumulación. Es importante repensar el sector, elaborar principios orientadores de políticas y, en función de ello resolver que organización institucional es deseable y necesaria. No tengo claro cuál es, creo que se precisan debates públicos para eso, pero sí me queda claro que la coexistencia de estructuras ministeriales con institutos que gestionan fondos sectoriales concursables no está llevando a buen puerto. Los fondos fragmentan y quiebran solidaridades al interior del sector, ponen a las personas a cumplir tareas que no deberían y las distraen del oficio que saben ejercer. No sirven para fomentar un sector cultural mejor sino para transferir fuerza de trabajo y recursos a mercados que no contribuyen con su desarrollo ni retribuyen dignamente a sus actores, sino que más bien los parasitan.

Además de principios habría que pensar en lineamientos de acción. En Argentina desde 1994 no se formulan planes federales de cultura. A menos que se descrea de cualquier forma nacional —y entonces hay que olvidarse de lo nacional y dejar la acción cultural pública a lo local, provincial o regional—, se necesita algo del tipo de los planes nacionales, de una programación a partir de unos acuerdos básicos nacionales con sentido de lo público. Resulta un sinsentido que no suelan organizarse actividades que conecten y atraviesen municipios y provincias, que no se aproveche para circular producciones de todo tipo y especialmente las menos capitalizadas y las muy costosas. Poner tal ópera no solo en el Teatro Colón, en el Argentino de La Plata, en el Círculo de Rosario, en el Libertador de Córdoba, en el San Martín de Tucumán y lo mismo en Corrientes, Misiones, San Juan, Mendoza, Salta, Jujuy.  Por fuera de conveniencias minúsculas se requieren miradas más abiertas y también más altas.

Revista Sagitario: ¿Dónde deberían hacer foco las políticas culturales?

Rubens Bayardo: Hay que cuidar que las políticas culturales no se conviertan exclusivamente en políticas de artes o para artistas. Son importantes las políticas de artes, es necesario que existan para fomentar, sostener y pluralizar distintas expresiones que los mercados excluyen o instrumentalizan en su beneficio. E inclusive, en favor de las políticas de artes, sería muy bueno que hubiera otras políticas culturales que colaboren para hacerlas mejores.

Un tema fundamental es la enseñanza artística pública: formación en las escuelas, los secundarios, las universidades. Esta enseñanza resulta cada vez más achicada y desfinanciada, aun cuando es un tipo de formación orientada a la integralidad de la persona, a encontrar formas de expresión y comunicación, habilitar vínculos, modos de estar con otros y formas de organización para poner en marcha actividades o proyectos comunes. Lejos de fomentar sensibilidades en toda la población las realidades de la privatización ponen barreras a la producción y al consumo de quienes carecen de capitales económicos, sociales, culturales suficientes. Y generan una cultura de clases medias para clases medias, de unos pocos “privilegiados”, y no tanto, que van a ver teatro o a escuchar jazz. 

Esto va de la mano de reconocer una multiplicidad de expresiones: carnavales, murgas, circo, hip hop, teatro comunitario donde aparece un clivaje de democratización, democracia o ciudadanía: reconocer que, en las actuaciones, las músicas, las coreografías, los maquillajes hay creatividades que no necesariamente integran las artes profesionales, pero de las cuales estas se nutren. Mucha gente encuentra formas de reconocerse o realizarse ahí o bien piensa en ellas para un futuro cuando pueda retirarse de otras obligaciones, sucede porque es algo frecuentemente postergado, que no tiene lugar y bien podría tenerlo.

La cultura precisa no solo fomento y financiamientos adecuados, sino retribuciones adecuadas. En Argentina es frecuente que las ganancias de la producción cultural se redireccionan en lugar de asignarse para sostener a la cultura.

También hay una cuestión económica: la cultura precisa no solo fomento y financiamientos adecuados, sino retribuciones adecuadas. En Argentina es frecuente que las ganancias de la producción cultural se redireccionan en lugar de asignarse para sostener a la cultura. Durante el gobierno de Menem se quitaron al Instituto Nacional del Teatro 11 millones de pesos – por entonces 11 millones de dólares – de recaudación propia que fueron transferidos a las rentas generales. Es preciso reconocer que la cultura trabaja sobre valores simbólicos y simultáneamente produce valor económico, impactos económicos y externalidades. Ese valor económico debería retribuir al sector que lo genera o induce, mejorar sus condiciones, remunerar adecuadamente a los trabajadores culturales, no llevar al vaciamiento.

Revista Sagitario: Retomo algo que dijiste antes: ¿un plan de cultura debería hacer foco en los proyectos o en los trabajadores?

Rubens Bayardo: Poner el foco en los trabajadores, más que en los proyectos, porque cualquier proyecto es un “trabajo” que requiere personas con capacidades que usualmente demandan formación, capacitación y entrenamientos prolongados. Artistas profesionales ensayan meses antes para poner en escena sus obras, las comparsas de carnaval vienen ensayando al menos desde junio pasado, a bailarines, volatineros, o malabaristas les lleva años alcanzar las pericias conmovedoras que realizan. Son raros los proyectos culturales sin fuertes inversiones de trabajo previo: conversación, escucha, observación, discusión, experimentación, reformulaciones. 

En este sentido y en el marco de discusión de una ley de reforma laboral que va en detrimento del trabajo y de los trabajadores, en lugar de dificultar y negar la conformación de asociaciones, gremios y sindicatos, se trata más bien de fortalecerlos. A las lógicas del capital no les conviene que los trabajadores se unan y tengan derechos que se respeten, a eso le llaman “costo laboral”, contrario al “clima de negocios” y a una imprecisa “seguridad jurídica”. Pero pensando en términos políticos de democracia, las organizaciones permiten la expresión de la gente que participa ahí y generan canales de negociación de intereses y propuestas más estables y cualitativamente mejores. Hoy dejan que desear y puede criticárselas, pero son perfectibles. En el caso contrario solo conversan e inciden quienes tienen capacidades para posicionarse en las cercanías del poder, no existe una conversación que incluya aquello que se está moviendo en las bases sociales.

Revista Sagitario: ¿Y cuál debería ser la meta, la finalidad, que deberían perseguir las políticas culturales desde una perspectiva democrática, progresista?

Rubens Bayardo: Que los procesos culturales sean democráticos, participativos, respetuosos de la ciudadanía y también respetuosos de la vida. 

Investigando sobre los trabajadores culturales es frecuente hallar referencias a su situación precaria, inestable, insegura, carente de derechos, que iluminó la pandemia pero que es de larga data. Sean tangueros, escritores, teatreros, músicos se encuentra esa similitud acá, en Chile, en Perú y hasta en el Reino Unido. Pero en este continente la gente tiene condiciones de vida bastante más desafortunadas, porque América Latina es la región más desigual del planeta – sin entrar en consideraciones etarias, de etnía, raza o género que empeoran el cuadro -. Y no se trata solamente de privaciones para las personas, también es para la sociedad como conjunto, porque se ve privada de producciones y proyectos culturales que podrían estar mejor elaborados, inscriptos en la vida y las condiciones ciudadanas, revirtiendo sobre ellas al indagar y poner en práctica imaginarios y alternativas más favorables. 

Revista Sagitario: ¿Qué valores, qué filosofías de acción deberían tener las políticas culturales?

Rubens Bayardo: Creo que hay que pensar en términos de sociedad, de formas colectivas, de intereses comunes. Ni necesaria ni probablemente habrán de ser intereses idénticos, pero sí con el nexo de lo común, de aquello que se comparte, más allá de las diferencias y las particularidades, guste o no, de lo que se vive en sociedad y lo que atraviesa más allá de ensimismamientos y aislamientos personales o identitarios.

En la inevitabilidad del “sálvese quien pueda” predicado en la actualidad se entroniza lo individual y se sugiere una renuncia a la acción colectiva y a la transformación en común, que están muy mal vistos. Por el desaliento de lo común, lo colectivo exige esfuerzos extraordinarios que a la vez suelen ser invisibles, mal reconocidos y retribuidos. Todo parecería del orden de lo individual, aunque paradójicamente el ídolo del presente, la inteligencia artificial, es producto de las creaciones colectivas, de las formas de compartir y de poner en común. 

Revista Sagitario: ¿Qué modelo institucional de cultura sería el deseable para lograr estas finalidades?

Rubens Bayardo: Puedo mencionar algunos casos, necesariamente replicables. En Brasil se organizó un Sistema Nacional de Cultura basado en conferencias nacionales, estaduales, municipales y también sectoriales en las que se reúnen actores de las artes plásticas, del teatro, de la música. Por supuesto que hay promoción desde arriba de autoridades y funcionarios, pero no es allá lejos del suelo donde se elabora y decide en exclusiva sobre fines y políticas, sino que hay una retroalimentación de lo que está transcurriendo en distintos territorios. 

Otra iniciativa importante es el presupuesto participativo y las audiencias públicas. Los presupuestos participativos incluyen debates sobre el destino y los usos de los recursos y capacidades de control social. Distintas comunas o municipios con distintos equipamientos y manifestaciones culturales tienen necesidades diferentes. En cultura hay quien quiere ponerle toda la plata al teatro, pero gente de la danza quiere recibir una porción más significativa, mientras el área de patrimonio no quiere renunciar a los enormes fondos que requieren para mantener las infraestructuras. Todo esto hay que discutirlo, ponerlo en tela de juicio y llegar a acuerdos periódicos que podrán ser modificados a futuro. Las conferencias, las auditorías, tendrían que involucrar a todos esos sectores y a las autoridades.

En toda América Latina se han implementado sistemas de información cultural y cuentas satélite de cultura que incluyen grandes guarismos, importantes para tomar decisiones macro, aunque su circulación pública es limitada y no está claro si son incluidos en las planificaciones. Además, no existe suficiente conocimiento de los resultados cuantitativos y cualitativos de las acciones concretas más allá de sus mismos organizadores. Es importante construir formas de evaluación que no dependan exclusivamente de los actores directamente involucrados, sino que incluyan a otros actores y con distintas perspectivas. 

Revista Sagitario: Pensando en un diseño institucional que contemple la multisectorialidad y las distintas voces que conforman al sector cultural: ¿qué rol deberían desempeñar el Estado, el mercado, el sector privado, las industrias culturales, los empresarios de la cultura y los trabajadores con sus organizaciones o colectivos artísticos? ¿Cómo se articularían?

Rubens Bayardo: En cultura la conocida fórmula Estado – Mercado – Sociedad Civil ayuda a comprender en algunas situaciones y complica en otras. Estos sectores resultan ser menos puros de lo que se destaca: museos públicos que no alcanzan a funcionar sin los ingresos que viabiliza una asociación de amigos, temporadas líricas que solo pueden costearse combinando grandes infraestructuras y plantas de personal público con aportes de fundaciones privadas, exposiciones de artes en espacios privados propiciadas por fundaciones junto a empresas que ponen dinero y artistas que resignan sus propios ingresos. Hay que hacer la salvedad que es un mecanismo más complejo, enmarañado y rotativo que el sistema de lo público, lo privado, y lo asociativo. 

Creo que el sector privado no puede seguir siendo aceptado como un sector exclusivamente de lucro. Todos los sectores tienen que ser concebidos como sectores con responsabilidades. Al pensar en términos de sociedad, no hay quien no tenga responsabilidades, y nadie es libre de hacer apenas su mera conveniencia, cualquier forma de comunidad implica deberes, obligaciones. Es deseable ejercer derechos, realizar gran parte de las actividades y generar otras en tanto se respeten y promuevan adecuaciones que contribuyan a la vida en común. Eso rompe con la idea del sector privado como un sector donde se justifican abusos y despojos en nombre de la ganancia particular. Tiene que haber algo más que la ganancia y la acumulación económica, no puede ser solo el lucro sin responsabilidad pública.

Creo que el sector privado no puede seguir siendo aceptado como un sector exclusivamente de lucro. Todos los sectores tienen que ser concebidos como sectores con responsabilidades. Al pensar en términos de sociedad, no hay quien no tenga responsabilidades, y nadie es libre de hacer apenas su mera conveniencia, cualquier forma de comunidad implica deberes, obligaciones.

El Estado debería cumplir un rol fuerte, de orientador y regulador en torno al interés general y el bien común, porque dispone de más capacidades para conocer y diagnosticar, para identificar y modificar los marcos normativos y las complejidades de las reglamentaciones. Se precisan buenas burocracias, calificadas y dinámicas. Puede haber ideas hermosas para ser pensadas, pero es preciso que sea posible avanzar en ellas, concretarlas. Entonces el Estado debería orientar no solo reuniendo perspectivas y proponiendo a futuro, sino proporcionando las herramientas para que esto consiga ser llevado a cabo. Y estas no existen sino dentro de marcos regulatorios.

Hablo de un rol orientador, que no es lo mismo que dirigismo. El dirigismo pretende decidir hacia dónde tienen que ir las cosas e imponerlas sin ambages. Orientar refiere a tomar decisiones – pues decisiones siempre hay que tomar – y resolver metas y caminos posibles. Eso puede no dejar contento a todo el mundo, pero si son decisiones que no provienen de burocracias tecnocráticas, sino de estructuras con niveles altos de representación y participación democrática, es otra cosa. También hay que volver acá al tema del rol del Estado en la provisión y asignación de recursos, en especial por todo aquello que es difícil o imposible realizar sin financiamiento público y por toda la población que no tiene aseguradas las condiciones para acceder y participar plenamente en la vida cultural. 

Revista Sagitario: Hablaste del rol del privado, del Estado… ¿qué lugar debería ocupar la sociedad civil?

Rubens Bayardo: Venimos de una época de ensalzamiento de “la sociedad civil” como solución para todos los problemas, como actor homogéneo y virtuoso, pero en la sociedad civil coexisten iniciativas muy diversas. Hay grandes organizaciones transnacionales, sindicatos, cooperadoras, formas autogestionadas, organizaciones mínimas sin formalización alguna. Tampoco lo privado es una categoría homogénea, las magnitudes importan, no es lo mismo Clarín que un periódico de barrio, no es lo mismo el teatro comercial que el teatro independiente, aunque ambos sean privados y las fronteras resulten cada vez más difusas. Dentro de la sociedad civil cabe hacer una diferenciación de aquello llamado “comunitario”. La Fundación Teatro Colón o la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, que mantienen conexiones internacionales de fuste y gestionan fondos cuantiosos, no son lo mismo que una biblioteca popular, un centro cultural barrial, o un comedor popular. 

En términos ideales la sociedad civil sería el espacio de aquellos grupos que siendo privados responden a intereses públicos. Puede ocurrir que el interés general predicado enmascare intenciones diferentes. Hay empresas que adoptan figuras de la sociedad civil a fin de justificar ingresos y gastos o de evitar tributaciones que les corresponderían en el sector privado. Esta figura también puede ser el refugio de algún político que por no ser electo ni nombrado queda fuera de la función pública. Surge la pregunta ¿esto es sociedad civil, o responde a intereses privados, o cubre al sector público? 

La realidad es más compleja que las clasificaciones, los sectores se imbrican y los cruces son condición de posibilidad de muchas acciones culturales. La propia organización del Estado que financia a sus museos imposibilita que ingresen otros fondos de manera directa, pero estos si se pueden canalizar a través de asociaciones de amigos. Según la caja de que dispongan ellas pueden habilitan iniciativas – adquisiciones, reformas, equipamientos, contrataciones – que el mero fondeo público no alcanzaría a cubrir, dándole otro calado a la institución. A la vez esto supone una forma de privatización, por cuanto se descargan y transfieren responsabilidades estatales y se otorga poder de decisión a entidades no sujetas a escrutinios públicos. 

Revista Sagitario: Y para cerrar, la última pregunta ¿existe algún modelo o experiencia interesante en políticas culturales, en América Latina, en Europa, o en otras partes del mundo que pueda servir como referencia para Argentina en un escenario futuro? 

Rubens Bayardo: Creo que hay iniciativas interesantes que se han hecho en la región y que aportan al futuro, como las experiencias de ciudadanía cultural en los noventa durante la gestión de Marilena Chauí en San Pablo. Allí se planteó el reconocimiento de experiencias de creación de actores y espacios invisibilizados, por ejemplo, la gente que pasa todo el año preparando carrozas, atuendos y accesorios para el carnaval, ensayando los desfiles de escuela de samba.

Otra experiencia interesante fue la del presupuesto participativo impulsado por el PT (Partido dos Trabalhadores) en Porto Alegre, que se propuso hacer en Buenos Aires hacia los 2000 y no se concretó, pero que algunas ciudades han adoptado. Se trata de instancias de participación, asambleas públicas para identificar necesidades y aspiraciones, elegir representantes y discutir presupuestos, decidir para qué se usa el dinero en cultura con atención de las autoridades. 

El programa de Puntos de Cultura de la gestión ministerial de Gilberto Gil se expandió por todo Brasil y trascendió ampliamente las fronteras. Se propuso fortalecer expresiones ya existentes y propiciar nuevas, reconocer en distintas localidades las manifestaciones investidas de un valor especial, identificar aquello que hacía sentido para la población, documentarlo en forma gráfica y audiovisual, favorecer su circulación y nuevas interlocuciones con otras producciones culturales. Esto articuló con iniciativas en cultura digital: incorporar lo digital para generar espacios de comunicación, producción, difusión, aprovechar la posibilidad de procesar textos, sonidos, imágenes de significación para diversos colectivos, darles visibilidad y reconocimiento.

El Plan Ceibal en Uruguay recuperó la iniciativa de one notebook per child – una computadora por niño – haciéndola pública mediante el reparto universal de una “ceibalita” entre estudiantes y docentes a fin de facilitar el aprovechamiento de estas en diversos usos y elevar la calidad educativa. A la vez que innovó en recursos, herramientas y plataformas informáticas buscó mejorar la provisión de energía eléctrica y el tendido de fibra óptica para asegurar la conectividad. Se trata de modos de promover creatividad y formas de imaginar una sociedad en transformación, promoviendo la ciudadanía digital.


El Mapa Cultural que llevó a cabo Chile hacia los 2000 realizó un elaborado diagnóstico en todas las regiones del país y en distintas áreas y disciplinas. Produjo y recopiló informaciones que ni se conocían ni estaban disponibles. Muchos países latinoamericanos han lanzado mapas, estadísticas, indicadores cualitativos y cuantitativos, sistemas de información cultural y cuentas satélite de cultura. Aunque la cultura no se pueda reducir a datos duros ni a la economía, este tipo de estudios y mediciones ayudan a tomar decisiones sobre productos, organizaciones, trabajo, industrias y cadenas de valor. No son cosas simples y rápidas, que brillen y tengan lucimiento, que tengan recepción y efectos inmediatos, pero las políticas culturales también requieren de este tipo de basamento informado para ser elaboradas, implementadas y evaluadas y tener proyección a futuro. 

Código del artículo: 25003015

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