¿Qué está pasando con bitcoin? Cómo funciona el Bitcoin y por qué deberíamos preocuparnos
¿Qué son, exactamente, las criptomonedas?¿para qué sirven?¿qué discusiones conlleva? En este artículo, el doctor en Cs. Sociales especializado en filosofía y teoría política del dinero, Hernán Borisonik, nos propone un recorrido crítico sobre su surgimiento y auge.
Por: Hernán Borisonik / Arte: Valentina Ansalidi

Sin Título (Rosario). 94 x 104 cm. Acrílico sobre tela. 2020.
Artículo publicado originalmente como “What the bitcoin is going on?”. Arena Mag, nº 10. Melbourne, 2022
Desde hace algún tiempo, recibimos publicidades que ofrecen la salvación en forma de inversión en criptomonedas (especialmente en países como Argentina, donde la moneda nacional es inestable y tiende a perder valor constantemente). Se dice que son un nicho para la juventud, que los ricos las usan todo el tiempo, que son útiles para hacerse rico sin trabajar. De hecho, quienes tienen las mayores fortunas en criptomonedas se complacen en anunciar su éxito. En los vivos de Twitchers, gamers, instagramers y YouTubers parece obligatorio hacer referencia a esta forma innovadora de “dinero”, cuyo intercambio se regula mediante algoritmos, bloques de información verificada y seudoanonimato.
Pero antes que nada, está en fuerte disputa el hecho mismo de si las criptomonedas son realmente dinero o activos digitales. La falta de información concreta o comprensible sobre ellas, junto con el bombardeo mediático sobre sus beneficios, ha hecho que muchos usuarios de Internet desprevenidos se apresuren a comprarlas cuando su precio sube y a venderlas cuando baja o, peor, a caer en estafas piramidales 1. Lo más atractivo del bitcoin es que nos invita a comprar nuestra propia participación individual en la «revolución digital», y a hacerlo con solo hacer clic desde la comodidad de nuestros hogares.
El bitcoin y otras criptomonedas parecen tener tanto que ver con el poder económico como con el hype. Pero, ¿qué es exactamente una criptomoneda? ¿Para qué sirve y por qué? La primera característica que suele aparecer en las búsquedas en Internet sobre «bitcoin» (la criptomoneda más famosa y extendida) es que elude a los actores “codiciosos” o “perniciosos” (el sistema bancario tradicional y los Estados), y que, por el contrario, es inclusiva, abierta y democrática. En las posturas críticas, por otra parte, leemos que el bitcoin consume grandes cantidades de energía y que es especialmente útil para comprar drogas, armas y personas.
Para quienes aún recuerdan cómo en 2008 los bancos, y en general todo el ecosistema financiero, se beneficiaron de enormes rescates gubernamentales a costa de millones de personas que se vieron abrumadoramente empobrecidas y angustiadas, las críticas a la centralización y a la alianza entre los Estados y los bancos no parecen injustificadas. Además, sabemos que el narcotráfico y el terrorismo son partes esenciales de la economía fantasma del sistema financiero establecido. En este contexto, las criptomonedas no parecen peores (al contrario, suenan potencialmente más benignas) que las estructuras preexistentes.
Frente a esto, la economía digital parece haber creado nuevos problemas a los que es difícil responder con los métodos tradicionales. En primer lugar, los nuevos formatos han llegado acompañados de una serie de mecanismos técnicos que difieren de los que históricamente habían servido para crear y distribuir dinero. En segundo lugar, nos enfrentan a la necesidad de replantearnos algunas de las categorías centrales de la economía, como “valor” o “dinero”, lo cual nos sumerge en un vacío normativo muy aprovechable por grandes jugadores que se benefician de los grises legales. Las nociones tradicionales de soberanía y territorialidad no son totalmente válidas en estos casos, ya que las características novedosas de las criptomonedas determinan la adopción y el uso de diferentes elementos en la circulación de bienes y servicios, tanto físicos como “inmateriales”.
Desde hace largo tiempo el dinero viene siendo creado o regulado por los Estados, especialmente entre los siglos XIII y XVII, y su uso ha sido ilimitado y público. Por el contrario, las criptomonedas son activos creados por sus usuarios que se utilizan, más que nada, como inversiones financieras, es decir, principalmente con fines especulativos: se compran para acumularse y, finalmente venderse. Gran parte de su éxito se debe al entusiasmo que despierta y a la fascinación que ejerce sobre los periodistas económicos, siempre dispuestos a alabar las virtudes de una burbuja financiera, al menos hasta que estalla. Y hay motivos para ello. Cuando nació, un bitcoin se podía comprar por 0,003 dólares. Hoy en día, su valor oscila alrededor de los 100.000 dólares por unidad, con picos de hasta 125.000 dólares.
Para comprender este fenómeno, debemos entender qué es la cadena de bloques o blockchain. El término se refiere tanto al protocolo informático que permite la creación de bases de datos digitales distribuidas, verificables, permanentes y seguras, como a cada una de estas bases de datos o cadenas. Esta tecnología permite la creación de registros compartidos entre pares (P2P) de eventos digitales cuya información es verificada matemáticamente por la mayoría de los participantes, lo que se conoce como “consenso distribuido”. Esquemáticamente, estos registros de eventos digitales combinan dos niveles: una estructura de bloques de información organizada criptográficamente y un sistema de red de nodos interconectados.
En términos de la gestión de datos, las características fundamentales que definen esta tecnología son sus bloques de información verificada (incluidos los metadatos que hacen referencia a segmentos anteriores en el tiempo), su estructura de distribución (cada nodo almacena el historial completo de transferencias), su descentralización (no existe un control centralizado de la información), su combinación de transparencia y seudonimización (las transacciones y su valor asociado son visibles para cualquier persona con acceso al sistema, pero los nodos se muestran públicamente como direcciones alfanuméricas permanentes y se les permite ocultar su identidad legal), su irreversibilidad (los registros no pueden modificarse ni eliminarse) y su lógica computacional subyacente (establecida según algoritmos y reglas automatizados). Cada una de estas características adopta una forma particular en cada red, y hay casos de redes (normalmente privadas) en las que algunas de ellas están menos expresadas o están ausentes por completo.
En términos materiales, las redes blockchain se basan en servidores de Internet y están formadas por nodos separados espacial o computacionalmente que actúan para verificar la validez de cada transacción. Cada nodo es una unidad informática conectada a una red (que ejecuta software, almacena datos y comparte información) que actúa simultáneamente como cliente y servidor para otras unidades, lo que les confiere paridad funcional. Existen diferentes tipos de nodos con diferentes usos y propósitos. También hay dos tipos de redes blockchain: las “públicas” (no confundir con estatales), en las que cualquiera puede unirse y participar y las transacciones son visibles de forma abierta, y las “privadas”, gestionadas por organizaciones que deciden quién participa y bajo qué reglas automatizadas.
Cada red está formada por protocolos, programados en el momento de su creación, que se ejecutan de forma automática y autónoma. Sus registros son prácticamente inviolables gracias al uso de la función criptográfica SHA256 (Secure Hash Algorithm 256-bit). El hash es un método que evita la intervención de terceros (bancos, Estados), conecta los nodos entre sí, comprueba la integridad de los contenidos cifrados y permite detectar alteraciones e impedir que la información sea modificada de forma unilateral. Para falsificar una entrada en la cadena se necesitaría que más de la mitad de los nodos acepten como verdadera una entrada falsa, lo que hace que el sistema, al menos al día de hoy, sea prácticamente inviolable.
Vale la pena recordar que Internet nació con fines militares y que la razón para utilizar nodos era que la información pudiera transmitirse incluso si se producían algunas pérdidas de información entre el punto de partida y el punto de llegada de un mensaje. Sin embargo, cuando esta tecnología surgió en 2008, con el White paper de Satoshi Nakamoto, lo hizo con un enfoque que parece estar más vinculado a las necesidades del ámbito financiero. Uno de los problemas a los que se enfrentaban las formas anteriores de contabilidad digital era el denominado “doble gasto”, por el que una unidad virtual podía utilizarse más de una vez debido a la facilidad y el bajo costo de duplicar archivos. Sin embargo, el crecimiento exponencial del volumen de transacciones en las últimas décadas ha traído consigo nuevas complejidades (y vulnerabilidades) a los sistemas de intercambio. En respuesta a ello, existía una gran preocupación por crear mecanismos que establecieran parámetros automatizados que no dependieran de decisiones o acciones ad hoc. Las redes blockchain han logrado superar estos problemas.
La red Bitcoin fue la primera aplicación de la tecnología blockchain en alcanzar la fama. Fue anunciada en 2008 y lanzada en 2009, como parte de la creación de la primera criptomoneda: el bitcoin. La red Bitcoin es un protocolo para intercambiar información y generar unidades financieras validadas por pruebas objetivas, herméticas e inviolables, ya que la integridad de la cadena se verifica constantemente. A esta iniciativa le siguieron muchas otras, y en la última década se han lanzado más de 10.000 criptomonedas, con niveles muy variados de popularidad y capitalización. En general, todas se identifican principalmente como reservas de valor, sin embargo, especialmente en el caso del bitcoin, son cada vez más aceptadas en tiendas físicas y en compras online, y existe un gran despliegue de apps y empresas que las convierten en monedas estatales por una comisión.
Aunque no se trata de la primera forma de dinero electrónico, la gestión digital de la información que proporciona la tecnología blockchain ha convertido este sistema en una completa novedad en la historia del dinero, lo que ha provocado un replanteamiento radical de muchas ideas establecidas. De hecho, aunque todavía no existen teorías importantes que desentrañen con éxito el significado y el alcance de las redes blockchain, la descentralización reticular vinculada al desarrollo algorítmico que implican sugiere nuevas formas de concebir la confianza, la legalidad y el intercambio a escala mundial. La participación en estas redes ha crecido rápidamente e implica un cambio de paradigma incluso dentro del entorno digital y el contexto de Internet.
Las unidades de criptomoneda se obtienen principalmente a través de la llamada “minería” virtual y, en menor medida, mediante pequeñas comisiones pagadas por procesar, verificar y almacenar las transacciones de otras personas. Pero también se pueden comprar con monedas nacionales en una especie de mercado secundario que ahora está muy extendido. La existencia y la propiedad de cada unidad consisten en la asignación de una clave pública (que permanece visible en la cadena de bloques) y una clave privada (a la que solo puede acceder el nodo que la posee). La minería consiste en descifrar problemas matemáticos aleatorios de dificultad creciente, que solo pueden resolverse mediante ensayo y error. Este sistema, denominado “prueba de trabajo” (Proof of Work), requiere tiempo de procesamiento en una computadora e implica un gasto considerable de energía. Se trata de un método de validación competitivo en el que los nodos con mayor capacidad computacional (es decir, de inversión) tienden a monopolizar las recompensas. En respuesta a esto, se han propuesto alternativas, aún no desarrolladas por completo, como la prueba de participación (Proof of Stake), cuya estructura de compensación promueve la paridad efectiva entre los nodos y requiere un menor gasto de energía por parte del sistema, y el protocolo de prueba por historial (Proof of History), que reduce el tiempo de verificación al incorporar propiedades criptográficas que identifican el orden cronológico de las acciones sin necesidad de comunicación entre los nodos. Cabe destacar que, entre los usuarios de cadenas de bloques, el término “consenso” se utiliza para referirse a la aprobación algorítmica paralela y concordante de la legitimidad del contenido de una cadena de bloques de manera distribuida: no hace referencia ni implica confianza interpersonal.
La idea de la privacidad en el ámbito de las criptomonedas es una cuestión aún por resolver. Una criptomoneda ofrece menos privacidad que el efectivo porque, aunque tiene la capacidad de generar cuentas seudoanónimas, depende de variables electrónicas y energéticas, de las que el (próximamente extinto) papel moneda es independiente. Pero las cripto también son más anónimas que cualquier otra forma electrónica de intercambio. Es posible conectarse a la cadena de bloques y ver las transacciones de una cuenta determinada, pero es casi imposible saber quién es la persona que está detrás de la cuenta, si esa persona (o empresa) así lo desea.
Esta forma de propiedad e intercambio de bienes digitales sin ninguna gestión centralizada tiene profundas implicaciones como medio de organización y distribución, y como medio continuo de exploración, en campos que van desde el derecho hasta la salud y de las artes a los videojuegos, pasando por la denominada tokenización de objetos digitales (contratos, obras, diseños). Los tokens no fungibles (NFT), por ejemplo, se utilizan como activos financieros y permiten crear una escasez artificial al asignar nombres o direcciones particulares a artículos que, sin embargo, son técnicamente reproducibles de forma infinita con un costo que tiende a cero. Los bienes fungibles son aquellos que se consideran cuantitativamente —se pueden intercambiar y tienen un valor según su número, medida o peso— y los bienes no fungibles son cuantitativamente especiales y no se pueden equiparar entre sí. Un excelente ejemplo de bien fungible es el papel moneda; un ejemplo de bien no fungible sería, por ejemplo, una obra de arte renacentista. La gran burbuja de los NFT surgió porque se postularon como los aliados no fungibles de las criptomonedas y la tecnología blockchain. La tokenización de archivos digitales permite a artistas y diseñadores (a cualquier persona, en realidad) vender imágenes como si fueran piezas únicas, aunque, debido a su naturaleza digital, puedan copiarse fácilmente. Así es como Jack Dorsey vendió una imagen del primer tuit de la historia por más de dos millones de dólares. Hay también quienes compran fotos de gatos, dibujos de monos u obras de arte por precios igualmente sorprendentes (por supuesto, esta es también una oportunidad para los artistas digitales, ya que pueden ofrecer su trabajo en línea en todo el mundo).
Hoy en día, las condiciones y posibilidades potencialmente democráticas de esta tecnología están siendo cerradas o monopolizadas, como ha ocurrido con los protocolos de código y acceso abierto, de modo que los actores más se benefician de la expansión de las redes blockchain en el contexto actual son más o menos los mismos que ya se benefician del resto de las tecnologías y recursos del planeta. Entre los sectores en los que ya ha tenido un impacto significativo se encuentran la banca y las finanzas, los servicios de almacenamiento, las patentes y los registros de la propiedad, el llamado Internet de las cosas, el voto electrónico y las administraciones públicas y privadas de información (incluso en ámbitos como la verificación de la identidad). En todos estos casos, se mencionan como principales ventajas las marcas de tiempo inviolables y la independencia de un único nodo para su funcionamiento.
En general, en cualquiera de sus aplicaciones, la cadena de bloques requiere una enorme cantidad de trabajo algorítmico y un gasto de energía sin precedentes, hasta el punto de causar, según algunos estudios, daños medioambientales. En este sentido, las críticas más comunes a la tecnología son la centralización económica de facto que parecen estar experimentando estas tecnologías descentralizadas, su baja capacidad de procesamiento en comparación con otras formas de intercambio digital (las compañías tradicionales de tarjetas de crédito pueden gestionar cientos o miles de transacciones en el mismo tiempo que se aprueba una sola dentro de una red blockchain) y el potencial daño ecológico. En el momento de redactar este artículo, las emisiones de carbono estimadas asociadas a la generación de la electricidad necesaria para minar solamente bitcoins (no todo el microcosmos cripto) y procesar sus transacciones anualmente equivalían a la huella anual de Argentina o Nueva Zelanda y consumía alrededor de 70.000 millones de kilovatios hora al año (equivalente al consumo eléctrico de Bélgica, un país industrializado pequeño pero bien equipado). Y esa es solo una (aunque la principal) de las miles de cripto que existen. Ya veremos cómo se modifican estos números en el futuro.
Contrariamente a la mitológica “desmaterialización” que se dice que traen consigo las nuevas tecnologías, su contribución al cambio climático es realmente material. Además, todas las criptomonedas actuales se caracterizan por su alta volatilidad, de ahí las sugerencias de muchos analistas económicos clásicos de no invertir en ellas porque se basan únicamente en la fe en las finanzas, independientemente de lo descentralizadas que puedan ser las tecnologías que las impulsan.
Algunos economistas de renombre se han mostrado reticentes ante lo que han denominado criptoapuestas o burbujas. Joseph Stiglitz ha afirmado que las criptomonedas deberían prohibirse por completo mientras no se conozca la identidad y los propósitos de las personas involucradas en las transacciones no se conozcan con claridad. Eric Maskin las ha presentado como fenómenos con poco futuro que podrían dañar las economías de muchos Estados. Paul Krugman ve un claro paralelismo entre la criptoburbuja actual y la especulación inmobiliaria de 2008, cuyas consecuencias volverían a ser terribles para los más pobres. Robert J. Shiller entiende la “fiebre de las criptomonedas” como una narrativa infundada, puramente imaginaria. Por otro lado, hay voces que siguen alabando el potencial democratizante de la cadena de bloques. Actualmente existen iniciativas para utilizar esta tecnología en procesos abiertos de toma de decisiones colectivas, como Decidim en Barcelona entre otras. Hay también quienes proponen combinar el uso de software libre, redes de cadenas de datos, dispositivos móviles y redes sociales, entre otras tecnologías de la información y la comunicación, para procesos sociotécnicos o tecnopolíticos de apropiación y socialización de la tecnología.
El dinero es uno de los pilares básicos del capitalismo, tanto desde un punto de vista estrictamente económico como cultural. Ha habido un fuerte proceso de naturalización de su uso en las concepciones del mercado, lo que tiende a ocultar ejemplos históricos alternativos o análisis conceptuales que muestran que el dinero ha adoptado muy diversas formas. Hasta 2008, todo el dinero electrónico se creaba siguiendo el modelo bancario. Pero la aparición de las cripto permitió escapar de ese esquema. Por el momento, el crecimiento de este tipo de activos digitales está alimentando tanto las ilusiones neocomunistas como las libertarias (aunque, francamente, estas últimas parecen estar más justificadas). Sin embargo, sabemos que las transformaciones tecnológicas muchas veces amplían en sus inicios las divisiones culturales y sociales a corto plazo aunque puedan traer beneficios a largo plazo. Por esta razón, es crucial que abordemos la dimensión ética, política y económica del dinero en las sociedades digitales, y prestemos especial atención a los cambios conceptuales que han surgido desde la aparición y el auge mediático de las criptomonedas.
Como abstracción social, el dinero puede multiplicarse infinitamente, hasta explotar. Por eso son tan peligrosas las burbujas monetarias y, en relación con ellas, las estafas piramidales. No es casual que todas las instituciones monetarias hayan introducido regulaciones a lo largo de los siglos. Lo han hecho para gestionar (y controlar) el dinero, aunque dichas regulaciones nunca sean perfectas y muchos la consideren una interferencia burocrática o una forma de beneficiar a los poderosos. Hasta el siglo XIX, todas las formas de dinero tenían un propósito, por controvertido que fuera: facilitaban la circulación de mercancías. Las criptomonedas amenazan ese concepto porque no están vinculadas a ningún valor externo y pueden circular sin estar conectadas a otras mercancías. Existen algunas restricciones incorporadas a su producción, pero en general, especialmente en estos tiempos de redes sociales, están disponibles para la especulación desenfrenada. Con la ayuda de las redes sociales, podrían convertirse fácilmente en la peor forma de esquema Ponzi de la historia, dada la fascinación que despiertan en toda la población.
Al respecto, actualmente existen intentos de regulación muy diversos, que apuntan en diferentes direcciones. Mientras que China prohibió las transacciones con criptomonedas a finales de 2021, principalmente por razones medioambientales, El Salvador aprobó una ley que lo convierte en el primer país del mundo en aceptar el bitcoin como moneda de curso legal, “con energía muy barata, 100% limpia, 100% renovable y 0 emisiones procedente de nuestros volcanes”, como lo expresó el presidente Nayib Bukele en Twitter. Se dice que esta medida podría desencadenar un gran movimiento de capitales delictivos hacia este país centroamericano, sobre todo porque no emite su propia moneda, ya que ha adoptado el dólar estadounidense como moneda oficial en circulación. Al mismo tiempo, corre el riesgo de dejar toda la economía salvadoreña a merced de las fuertes oscilaciones que caracterizan el valor del bitcoin, que en una o dos ocasiones ha caído más de un 20 % en un solo día 2. Entre China y El Salvador se encuentra la Unión Europea, que busca normalizar en cierta medida el uso de las criptomonedas sin debatir su naturaleza, y bajo la presión del acoso permanente del gigantesco aparato de lobby corporativo que persigue a los parlamentos cada vez que intentan gravar o avanzar legalmente en este sector.
Hay que tener en cuenta que las criptomonedas rara vez se utilizan como método de pago. Son activos financieros que, debido al vacío legal en el que operan, no están regulados como tales. Es cierto que los bancos y los Estados llevan muchos años decepcionando a la gente común por su falta de atención y por ceder ante el cabildeo y los intereses de los más poderosos. Sin embargo, si las naciones siguen perdiendo la capacidad de definir políticas monetarias, o de gravar las cosas por lo que son y no por lo que dicen ser, es probable que los sectores sociales más vulnerables pierdan más y los más poderosos ganen más de lo que ganan con la mediación del Estado. Como ejemplo claro, ante la crisis bancaria. A pesar de las sanciones que Europa ha aplicado a Rusia como consecuencia de su guerra contra Ucrania, las grandes empresas transnacionales que suministran criptomonedas en todo el mundo anunciaron que no seguirían ninguna de las regulaciones tras un crecimiento colosal de las transacciones entre rublos y cripto.
El promedio global de la población que ha invertido en criptomonedas crece día a día. Pero muchos de los que entran en este circuito con la ilusión de ganar dinero no son expertos financieros, sino personas financieramente precarizadas, con trabajos inestables o informales y dificultades para enfrentar el día a día, por lo que se ven atraídas por esta moda sin comprender los peligros a los que se someten.
Independientemente de las inestabilidades que introduzcan o las funciones que cumplan, las criptomonedas llegaron para quedarse por un largo tiempo. El nivel de abstracción técnica y la falta de regulación de esta forma volátil de dinero desafían los conceptos aceptados de economía y finanzas. Como mínimo, en el contexto actual de entusiasmo y fervor en torno a ellas, hay que reconocer que las decisiones económicas nunca son puramente técnicas, sino que se basan en fuertes factores psicológicos, así como en convicciones políticas e ideologías. Ante esto, surge inevitablemente la pregunta: ¿hasta qué punto podemos confiar la gestión del dinero y el valor a una serie de algoritmos privados que no comprendemos?
Código del artículo: 25003018