El feminismo popular en Argentina fue y es antineoliberal. Entrevista a Luci Cavallero
A diez años del primer paro feminista, la pregunta por la potencia de lo común vuelve al centro de la escena. En esta entrevista para la Revista Sagitario, Luci Cavallero desmenuza la 'doble pinza' de la deuda y la reforma laboral que asfixia a la clase trabajadora argentina. En sintonía con nuestro número, en la entrevista señala cómo los transfeminismos no proponen una salida individual ni financiera: se trata de una búsqueda por la liberación colectiva que apuesta por el cuidado de las redes de vida y el saboteo a una libertad que solo se ofrece como derecho al consumo o al crédito.
Por: Hernán Borisonik / Entrevista a: Luci Cavallero
Arte: Roz
El feminismo popular en Argentina fue y es antineoliberal
A diez años del primer paro feminista, la pregunta por la potencia de lo común vuelve al centro de la escena. En esta entrevista para la Revista Sagitario, Luci Cavallero desmenuza la ‘doble pinza’ de la deuda y la reforma laboral que asfixia a la clase trabajadora argentina. En sintonía con nuestro número, en la entrevista señala cómo los transfeminismos no proponen una salida individual ni financiera: se trata de una búsqueda por la liberación colectiva que apuesta por el cuidado de las redes de vida y el saboteo a una libertad que solo se ofrece como derecho al consumo o al crédito.
Hernán Borisonik para Revista Sagitario: A pocas semanas del 8M, que este año tuvo una potencia notable en las calles de Argentina y también en otros países, ¿qué balance hacés de esta jornada? ¿Qué lectura hacés de este fervor en un contexto donde muchas veces se insiste con la idea de desmovilización?
Luci Cavallero: El balance colectivo que hacemos del 9M 1 entre muchas compañeras tiene que ver con incluso cierta sorpresa, por la capacidad que tienen los transfeminismos, en un contexto de represión y de imposibilidad de organizarse, de movilizar, debido al pluriempleo, a la jornada de trabajo de cuidados que se extiende, y también por supuesto la crisis económica que tiende a tener un impacto muy claro, que es borrar de la participación política a las mujeres, replegarlas en el ámbito doméstico, hacer malabares para sostener economías cada vez más precarizadas, y en ese contexto la movilización del 9M fue masiva, fue transversal, con una característica muy notable -que muchos y muchas la destacaron- que es una gran presencia de la juventud en la calle. Yo creo que eso nos da primero una gran responsabilidad a quienes estamos en el movimiento transfeminista hace más años, creo que hay que construir un proyecto que pueda darle herramientas a la juventud también para vivir una vida no fascista. Esto muchas compañeras y compañeros lo encuentran en el movimiento transfeminista, esto hay que ampliarlo a las escuelas, hay que generar espacios donde la juventud hable y no sólo sea hablada por las adultas. Entonces eso como una característica fundamental que tuvo la marcha.
El balance que hago es que el movimiento feminista sigue catalizando momentos de malestar, sigue siendo una expresión transversal y sigue convocando sectores a marchar y a expresarse en una agenda que puede cuestionar el proyecto histórico de la ultraderecha en todas sus dimensiones. Desde la disputa por la idea de libertad, el intento de apropiarse del cuerpo de adolescentes y niñas como estamos viendo en todo el mundo, hasta la forma en que se extiende la jornada laboral y la explotación de las mujeres,, el 9 de marzo se expresó muy fuertemente en la calle, en una continuación con una serie de luchas que se dieron durante todo el verano contra el intento del gobierno de sancionar la reforma laboral, la ley de glaciares y la baja de punibilidad contra los adolescentes. Todo esto también catalizó aquel 9 de marzo, que se organizó en asambleas, lo cual también explica una masividad, porque es una preparación y es un estado de movilización que empieza mucho antes que la fecha.
HB: El paro feminista cumplió diez años. En ese recorrido, la consigna de “parar” fue mutando: desde discutir cómo paraban las mujeres de la economía popular hasta convertirse en una herramienta para interpelar al conjunto de la clase trabajadora. ¿Cómo se actualiza hoy esa potencia?
LC: El paro feminista fue efectivamente una innovación que marcó un antes y un después en nuestro movimiento, porque permitió volver una investigación de masas, la forma en que se relaciona la violencia por razones de género con las violencias económicas, permitió poner en la agenda pública la discusión de las brechas salarial, del trabajo no remunerado, de las formas en que la violencia económica, incluso la deuda, se relacionan con la violencia por razones de género. Desde sus inicios, el paro feminista surgió desde una incomodidad, desde la imposibilidad de parar para muchas mujeres, por eso una de las primeras consignas del paro feminista fue inventar formas de parar.
Hoy esa imposibilidad de parar se transforma en una condición generalizada de la clase trabajadora argentina, que tiene formas de trabajo cada vez más informales y más precarizadas, plataformizadas, que hacen que hoy parar sea desde el inicio una imposibilidad para la mayoría, por lo tanto se vuelve más disruptivo el gesto de poner en evidencia la imposibilidad de parar y también de exigir, de alguna manera, que quienes tienen la posibilidad de llamar a paro en sus sindicatos lo hagan efectivo. Creo que este año el paro feminista tuvo esa función. Además, fue un paro que se dio en el medio de una reforma laboral que, entre sus principales objetivos, trata de arrancarle esa herramienta histórica al movimiento obrero argentino, por lo tanto es importante seguir insistiendo en que el paro es el momento de la reflexión, del tiempo para hacer política y para organizarnos frente al saqueo. El tiempo de la interrupción del saqueo financiero, pero también de los mandatos de género y de todo tipo de gestualidades que la ultraderecha y el fascismo tratan de normalizar como formas de explotación y violencia cada vez más crueles.
Hoy el paro feminista pone incluso como incomodidad y como pregunta la importancia del gesto de interrumpir, aun cuando una parte importante de la reforma laboral, y también de la precarización del trabajo, es impedir que la clase trabajadora pueda usar la herramienta del paro.
HB: En la asamblea transfeminista previa al 8M se tomó la decisión explícita de llamar a desobedecer la reforma laboral propuesta por el gobierno en febrero. ¿Qué implica esa desobediencia en términos concretos? ¿Cómo se traduce en las distintas realidades de las trabajadoras formales, las precarizadas, las de la economía popular y las que sostienen el trabajo de cuidados no remunerado?
LC: La asamblea transfeminista este año se dio en un contexto particular, que fue la sanción de la reforma laboral, una ley impulsada por los principales grupos económicos transnacionales y locales, que tuvo muchos objetivos, pero que en resumen significó o significa un retroceso de más de 100 años en los derechos de la clase trabajadora en Argentina: luchas históricas, desapariciones, represión, estaban condensadas en una serie de derechos laborales muy importantes como la ley del contrato de trabajo, el derecho a huelga, y eso fue parte del debate de las asambleas, la última asamblea antes de la organización del paro se dio después de la sanción de esa ley.
Nosotras pensamos que la asamblea feminista tiene que ser un órgano vivo, no puede ser solamente un espacio inercial donde simplemente nos juntemos para organizar una fecha, sino que tiene que tener una función política y un aporte a la coyuntura, y sobre todo una caja de herramientas para el campo popular.
En ese sentido, frente a una reforma laboral que se sancionó con prebendas, con muchos mecanismos inconstitucionales, que no tiene consenso social, la asamblea feminista definió que una palabra que condensaba lo que quedaba como tarea frente a esa reforma es la desobediencia. Es decir, acudir a todas las formas de saboteo, de impugnación, de interrupción, que impidan que se consoliden y que se cristalicen nuevas relaciones de explotación que son las que esa reforma laboral viene a afirmar. Ese llamado a la desobediencia a la reforma laboral fue muy oportuno, porque luego esa palabra fue utilizada por los sindicatos que siguieron, después del 9M, combatiendo esa reforma. os parece que fue también un aporte del movimiento transfeminista que no está hecho desde lo abstracto, sino justamente de la experiencia histórica de las trabajadoras comunitarias, de las trabajadoras de la economía popular y todas formas del trabajo que en la asamblea feminista se aprendieron a narrar como trabajo. Sobre todo, se aprendieron a través de la organización política a ponerle un contorno a una jornada laboral que el capital siempre intenta que sea infinita. Por eso la condición feminizada del trabajo es lo que se generaliza y también los métodos feministas para enfrentarla.
HB: La disputa por el tiempo viene siendo un tema central en tus análisis. Se puede pensar el tiempo no solo como magnitud cuantitativa (la jornada laboral, el pluriempleo) sino también como cualidad de la existencia (el tiempo muerto, los tiempos de espera, el tiempo del cuidado, el tiempo de la reflexión). ¿Cómo podríamos pensar las tensiones entre esa duración feminista (hecha de interrupciones y simultaneidad, pero también de lentitud y afecto) con la aceleración que impone el fascismo? Quiero decir, en un contexto de pluriempleo, bajo una reforma que extiende la jornada a 12 horas y endeudamiento generalizado, ¿cómo se puede recuperar el tiempo? ¿Qué prácticas pueden disputar esa dimensión?
LC: Para nosotras la disputa por el tiempo es un antagonismo fundamental que venimos marcando desde el primer paro, donde una de las consignas fue parar para reflexionar, parar para hacernos el tiempo para nosotras. La idea de la interrupción de la explotación y de los mandatos de género, la idea de interrumpir la jornada laboral reconocida y no reconocida.
Como te decía, la disputa por el tiempo hoy es central, es el nudo que condensa la forma en que el gobierno trata de moldear las subjetividades políticas en términos de evitar los momentos de reflexión, los momentos de participación política, los momentos de construcción colectiva, el tiempo donado a la producción de un común, y eso hoy está puesto en discusión por muchos dispositivos. Uno de ellos, fundamental, es el de la deuda. Hoy nuestro país, Argentina, si lo miráramos desde arriba, es un conjunto de personas haciendo todo lo posible para pagar sus deudas. El índice de morosidad está en niveles históricos, la deuda se ha extendido como una condición general de quienes trabajan, de quienes no tienen trabajo y de quienes hacen pluriempleo.
Y no solamente eso, sino que la deuda también está dinamizando el trabajo precario, porque quien está endeudado y endeudada hace cualquier cosa para poder pagar. Por lo tanto, hay una conexión orgánica entre pluriempleo, empleo precario y endeudamiento. Para nosotras entonces, ese llamado a la interrupción, a la desobediencia, a imaginarnos en el hoy maneras de confrontar esos mecanismos que tratan de quedarse con el tiempo para la reflexión, para la participación política y para la producción de lo común, son fundamentales. ¿Cómo se hace? Para nosotras, en primer lugar, organización política posible, que tenga algún tipo de efectividad, sin poner eso como un problema de primer orden. ¿Quiénes pueden y qué condiciones materiales hacen posible la participación política? Tengamos en cuenta que estamos atravesando la motosierra… El lado B de la motosierra son un montón de mujeres absorbiendo en los hogares lo que el Estado deja de proveer como servicio público. Por lo tanto, nuestras organizaciones tienen que estar en condiciones de discutir cuáles son las condiciones de reproducción de las luchas y de establecer mecanismos como la socialización de los recursos, las divisiones del trabajo, teniendo en cuenta los mandatos de género que permitan la participación política. Por supuesto, recuperar el tiempo va mucho más allá de lo que podamos hacer al interior de las organizaciones. En este sentido, tiene que ser una agenda de confrontación con estos dispositivos: Desendeudamiento, suba de salarios, salarios que alcancen para vivir y que no tengamos que estar sometidos a la rueda del pluriempleo, ni hablar de la regulación de las plataformas, del establecimiento de pisos mínimos de ingresos para las personas que trabajan en las plataformas. Es decir, tenemos que hacernos cargo de confrontar en el ahora los dispositivos que se quedan con el tiempo.
HB: Quisiera que nos detengamos un poco más en el tema endeudamiento. En más de una oportunidad dijiste que lo que está proponiendo Milei es deuda. ¿Podés desarrollar esa idea? ¿Cómo se articula esa lucha contra el endeudamiento con las otras violencias que atraviesan a las mujeres y diversidades?
LC: La motosierra de Milei está sostenida en base a una doble pinza de endeudamiento. Un endeudamiento voraz, rápido, usurero y colonial a nivel del Estado, que implica un nuevo acuerdo con el FMI, pero además una permanente emisión de bonos. Además, un subregistro de ese endeudamiento en las formas en que se calcula el superávit financiero. Y eso hace que la economía, con por ejemplo la intervención directa del Tesoro de Estados Unidos en las últimas elecciones legislativas (que le dio aire al gobierno para poder seguir manteniendo un tipo de cambio ficticio), se sostenga artificialmente. Ahí hay una primera pinza; sostener artificialmente la economía, por supuesto, en términos de lo que los mercados leen como estabilidad, pero que sin embargo destruyen, descomponen la economía doméstica.
Y ahí va la segunda pinza, que es el endeudamiento de las casas. El ajuste se viene sosteniendo y aplazando con endeudamiento. Eso está llegando a un límite. Los índices de morosidad están creciendo como nunca desde la crisis del 2001. Las familias están endeudadas para comer, se están salteando comidas y están endeudadas con más de una fuente de endeudamiento, no sólo con bancos, sino también crece exponencialmente el endeudamiento con billeteras virtuales, que están haciendo un negocio usurero con la crisis económica. El endeudamiento que es un endeudamiento originado, obviamente, en un congelamiento salarial, que siempre crece menos que la inflación. Además, es un crecimiento exponencial del precio de servicios públicos como el gas, el agua, la electricidad. Finlamente, en lo que Federico Sturzenegger llamó la política de la desregulación, los precios que se desregularon empezaron a generar deuda en la economía doméstica.
Esa es la doble pinza de la deuda que sostiene al gobierno de Milei, que bajo la idea de libertad financiera, que no es más que una forma de interpelar a los individuos una vez que han sido despojados de sus derechos, sólo queda una libertad, que es un hiperindividualismo, pero sobre todo una libertad para endeudarse y para vivir endeudados. Una inversión perversa de la palabra libertad.
Esa deuda tiene impactos en formas de violencia, particularmente hacia las mujeres. Lo venimos diciendo desde el movimiento transfeminista, las mujeres que cuando el Estado se endeuda y se retira, obviamente se privatizan las casas, a través de la extensión de la jornada de cuidados y del trabajo no remunerado, parte de los servicios que el Estado proveía, pero también el endeudamiento es una forma de sujeción a una economía doméstica que te ahoga, que no te permite imaginar el futuro y que incluso vuelve casi una utopía imaginar salir de una situación de violencia cuando estás endeudada y cuando acceder a un alquiler, por la desregulación, se vuelve imposible.
HB: En esa línea, ¿cómo contraponer “libertad financiera” y deuda?, ¿cómo desmontar ese relato de la libertad que termina siendo una trampa de explotación? ¿Hay una contrapropuesta feminista sobre qué sería una verdadera libertad económica? Esto me interesa porque pone en el centro una pregunta filosófica clásica (“¿qué es la libertad?») pero que se sitúa en el terreno concreto del avance de las fintech, los prestamistas informales y la especulación inmobiliaria. El neoliberalismo la resignificó como libertad de elección en el mercado. Ahora, con el endeudamiento masivo, vemos que esa forma o esa idea sesgada de la libertad se convierte en el mecanismo más eficaz de sujeción. ¿Qué apuntes para una libertad positiva, colectiva, no individualista, se pueden destilar de las prácticas transfeministas cuando hablan de “desendeudamiento” como proceso político?
LC: Cuando dijimos “vivas, libres y desendeudadas nos queremos” estábamos, de alguna manera, poniendo un antagonismo con lo que después el gobierno de Milei llamaría “viva la libertad”, declinada únicamente como una libertad de las corporaciones, pero en la vida cotidiana, como una libertad que es hiper individualista, una libertad que niega y repudia la interdependencia, aún si es una interdependencia que sostiene la vida en estas condiciones en los barrios. El gobierno habla de una libertad que es una libertad que transforma lo colectivo y lo comunitario en disvalor y eso es lo que estamos antagonizando desde los feminismos.
Cuando dijimos “vivas, libres y desendeudadas nos queremos” unimos la palabra libertad con desendeudamiento, haciendo un gesto que de alguna manera anticipaba lo que hoy estamos viviendo como antagonismo. No hay libertad con deuda, con deuda del Estado. No hay libertad cuando estamos sujetos y sujetas a endeudarnos. Sabemos que el neoliberalismo gobierna a través de una promesa de libertad, pero que sin embargo se hace cada vez más ilegítima, y por eso también el feminismo fue y el feminismo popular en Argentina es un feminismo antineoliberal, porque confronta justamente esa idea de libertad, que rechaza y niega lo comunitario y la interdependencia, a la vez que lo explota, y nosotras por eso hacemos política desde ahí.
Hacemos política evidenciando todas las formas de interdependencia y de producción de lo común, que implica hoy sostener la vida en condiciones de despojo, y damos esta batalla diciendo que la verdadera libertad es colectiva, que más que perseguir una libertad abstracta nosotras apostamos a procesos de liberación. Procesos de liberación que son siempre imperfectos, que son siempre dificultosos, que son siempre un ensayo, pero que se hacen cargo de que lo colectivo y lo común es lo único que puede generar condiciones para vivir vidas libres.
HB: Una de las cuestiones que mencionás en tus discursos es la necesidad de democratizar las organizaciones y mejorar las condiciones materiales para la participación política. ¿Qué te da a vos la energía para seguir? ¿Y dónde ves hoy las mayores potencialidades para seguir construyendo poder colectivo en este contexto tan adverso?
LC: A mí el movimiento transfeminista me dio ese espacio donde siento que no tengo que subalternizar ninguna discusión, que puedo cuestionar desde con quién nos vamos a dormir hasta las formas en que se define y se deciden, y se toman decisiones políticas desde la brecha salarial hasta el endeudamiento externo. Es un movimiento que va mucho más allá de coyunturas electorales, porque genera tramas y redes, y porque insiste en hacer política desde el cuidado de las tramas de la vida y eso energiza, porque ni cuando ganó Milei estábamos totalmente derrotadas, tampoco habíamos alcanzado lo que estábamos buscando en los gobiernos progresistas.
La energía surge en la forma de construcción política que te permite el transfeminismo, que obviamente tiene muchos errores pero es un feminismo transversal, que te permite tramar con distintos actores y actrices, que te permite encontrar espacios de participación política donde no hay sujetos autorizadas y hablar, cuando hay otros que no. Y eso me da mucha energía, al igual que sentir una responsabilidad en relación a todo lo feliz que me hace vivir en un país como Argentina, que está lleno de historias y de una genealogía de luchas que empieza desde el anarquismo pasando por Evita, por las Madres, por Cristina, por las piqueteras. Siento en mi espalda toda esa historia, y eso es lo que me da energía también y sentir que hay muchas compañeras que apostaron a la lucha transfeminista y que vamos a ser nosotras las que vamos a generar -y es lo que estamos generando- una oposición en todas las dimensiones al proyecto libertario que no es sólo de Argentina sino que es un proyecto global.
Somos un experimento global de “¿hasta dónde puede soportar una población una guerra económica?” y también fuimos un experimento, o nosotras hicimos de Argentina un experimento, sobre una lucha feminista que se devolvió y que regaló muchas contraseñas y muchas formas de tramar y consignas al mundo y creo que ahí tenemos una batalla principal que es enterrar en Argentina este experimento libertario, para que también eso pueda marcar un ejemplo para otros lugares.
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