Donde gobierna el odio, organizamos la vida: feminismos anticapitalistas en ofensiva para recomponer poder popular en Argentina
Frente a una ofensiva política que combina ajuste económico, disciplinamiento social, violencia contra feminismos y disidencias, y debilitamiento de las condiciones materiales de vida, el artículo propone leer al feminismo anticapitalista como una fuerza capaz de reorganizar poder popular. Desde los aportes de Rita Segato, Silvia Federici, Tithi Bhattacharya y Verónica Gago, plantea que la disputa central no se limita a defender derechos conquistados, sino que exige reconstruir tramas colectivas, redes de cuidado y formas de militancia capaces de poner la reproducción de la vida en el centro.
Por: Emilia Marchionatti / Arte: Roz
Donde gobierna el odio, organizamos la vida: feminismos anticapitalistas en ofensiva para recomponer poder popular en Argentina
El contexto actual de nuestro país está atravesado por una crisis global del orden social que excede un simple giro conservador del gobierno nacional, provincial o municipal. En Argentina se despliega un proceso donde la degradación económica se combina con formas de disciplinamiento político y con una producción sistemática de crueldad como tecnología de gobierno, articuladas como dimensiones co-constitutivas. La persecución a las disidencias, la violencia contra migrantes, el ajuste económico y la destrucción de políticas públicas no son fenómenos separados. Constituyen un mismo dispositivo que tiene como objeto intervenir sobre las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible la reproducción de la vida.
Esta ofensiva se articula con un orden internacional donde Estados Unidos y sus aliados cumplen un rol central en la producción y difusión de violencia como norma política, el caso más brutal y visible es el genocidio al pueblo de Palestina. La destrucción sistemática de población civil, la exposición mediática del horror y la impunidad internacional, además de producir muerte, producen pedagogía. Enseñan que hay vidas descartables, que la violencia extrema es legítima y que el sufrimiento puede ser administrado como espectáculo.
En términos de Rita Segato (2018), se trata de una pedagogía de la crueldad, esta categoría permite precisar el análisis de las dinámicas contemporáneas que afectan la reproducción de la vida. En Contra-pedagogías de la crueldad (2018), la autora define estas pedagogías como un conjunto de prácticas sociales que enseñan a transformar lo vivo en cosa, produciendo una progresiva cosificación de la vida y una disminución de la empatía como condición funcional al orden social. Este concepto introduce la producción de subjetividad como dimensión constitutiva de los procesos de dominación. La crueldad, en este marco, no se restringe a episodios de violencia explícita, se inscribe en una serie de dispositivos que actúan sobre la sensibilidad, habituando a los sujetos a la exposición reiterada del sufrimiento y a la naturalización de la destrucción. La repetición de estas escenas configura un paisaje donde la violencia se vuelve ordinaria, reduciendo los umbrales de reacción y habilitando la aceptación de la precariedad como norma.
Segato vincula este proceso con una transformación histórica del proyecto social, en el cual la centralidad del vínculo como forma de realización colectiva es desplazada por la lógica de las cosas. Este desplazamiento implica una reorganización de las relaciones sociales en términos de utilidad, funcionalidad e interés, debilitando las tramas vinculares que sostienen la reproducción social. Asimismo, la autora sitúa las relaciones de género como una escena privilegiada para observar estas dinámicas. La masculinidad, configurada en una larga duración histórica en relación con la guerra, la jerarquía y el distanciamiento afectivo, presenta una afinidad estructural con estas formas de crueldad. En esta línea, la violencia ejercida sobre cuerpos feminizados constituye una forma específica de inscripción de poder que expresa y reproduce las lógicas más amplias de cosificación de la vida.
Tomando estos aportes de Rita Segato, podemos observar de qué manera fenómenos como la política migratoria estadounidense, con el endurecimiento de detenciones y deportaciones, responde a la misma lógica de control y jerarquización de vidas. En todos los casos, el objetivo es producir sujetos disciplinados, fragmentados y temerosos y Argentina se inserta activamente en este esquema. El alineamiento político con Estados Unidos e Israel no es retórico ni casual, el mismo implica una inscripción en un bloque de poder que combina neoliberalismo extremo con autoritarismo político y guerra cultural contra feminismos y disidencias. A nivel interno, creemos que esto se traduce en un doble movimiento: por un lado, un proceso acelerado de concentración de riqueza y transferencia de recursos hacia sectores empresariales y financieros; por otro, el vaciamiento de las condiciones de vida de las mayorías. Esto se materializa en salarios deteriorados, pérdida de trabajo, destrucción de políticas públicas, desfinanciamiento de salud y educación, entre muchos otros ejemplos.
En paralelo en cada momento de crisis política, económica o religiosa los derechos de las mujeres y disidencias son los primeros en ponerse en cuestión. En términos de Silvia Federici (2010), estos procesos se inscriben en las condiciones estructurales que hacen posible la acumulación capitalista, entre ellas la separación entre producción y reproducción, la invisibilización del trabajo de cuidados y el control sobre los cuerpos y la capacidad reproductiva. Estas dinámicas operan como mecanismos concretos que organizan la explotación de la vida social.
Además, esta lógica política tiene un objetivo disciplinante y desmoralizante para el movimiento feminista y el colectivo LGBTIQ+. Un caso claro en nuestro país es la obstaculización de los derechos sexuales y (no) reproductivos. El gobierno actual de Argentina, desde antes de su asunción, ya ostentaba con atacar las conquistas más simbólicas de la época, como lo es la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). Si bien el derecho al aborto, conquistado en 2020, se mantiene formalmente vigente mediante la Ley 27.610, su acceso es cada vez más desigual. Por el momento no han logrado la derogación directa de la ley, pero avanzan con el vaciamiento material: falta de insumos, obstáculos administrativos y desarticulación institucional.
Al mismo tiempo, se intensifica la violencia de género y la violencia digital, mientras se debilitan los dispositivos institucionales de acompañamiento (Amnistía Internacional, 2025). Este punto es central ya que no se trata solo de quitar derechos, sino de erosionar las condiciones que los hacen efectivos. Es una guerra contra las condiciones mismas de reproducción de la vida. La concentración obscena de riqueza en manos de élites económicas convive con el empobrecimiento acelerado de amplios sectores sociales, profundizando desigualdades y erosionando cualquier horizonte de vida digna.
En este marco es que podemos comprender que lo que enfrentamos en la actualidad es una ofensiva integral contra la reproducción social. Como plantea el feminismo marxista, el capitalismo además de explotar el trabajo productivo se sostiene sobre el trabajo reproductivo, sobre los cuidados, sobre la vida misma (Federici, 2010; Bhattacharya, 2017). Intervenir sobre ese terreno es intervenir sobre la base material del orden social.
Creemos que el avance de esta ofensiva no puede explicarse únicamente por la fuerza de la derecha global, es también el resultado de una crisis profunda de las formas de representación política.
Durante la última década, amplios sectores de la centroizquierda y la izquierda han abandonado la construcción colectiva como horizonte estratégico. En su lugar, han privilegiado la acumulación de capital político individual, la gestión de la imagen pública y la adaptación a lógicas electorales de corto plazo. La militancia fue reemplazada por la performance, la organización por la visibilidad y el posicionamiento político por la estrategia fugaz. Por ejemplo, la intervención política se desplaza hacia acciones pensadas para su circulación inmediata en redes, videos breves, declaraciones provocadoras o gestos escénicos, donde el objetivo principal es la visibilidad individual. De este modo, el posicionamiento político se vuelve reactivo y episódico, ajustado a coyunturas mediáticas antes que a estrategias sostenidas.
Las decisiones se concentran en mesas chicas, frecuentemente masculinizadas, donde el debate político se clausura y la deliberación colectiva es sustituida por acuerdos entre dirigencias. De esta manera, la política deja de ser un espacio de producción colectiva para convertirse en un dispositivo de administración de poder. Mientras tanto, en el Congreso Nacional y en las estructuras partidarias, se multiplican escenas de feroz desconexión con la realidad social. Podemos observar cotidianamente en espacios institucionales de la democracia la reproducción de debates irrelevantes y amarillistas, intervenciones diseñadas para redes sociales y construcciones de marca personal, entre muchas otras réplicas de esta lógica. Esta práctica es una forma de vaciamiento político, concentración del poder y distracción sobre la profunda crisis actual.
A esta forma de hacer política se le suma un elemento aún más grave como lo es la consolidación de alianzas explícitas o implícitas con sectores de derecha. En nombre del pragmatismo, se han legitimado agendas regresivas, desplazando el campo de lo posible hacia posiciones cada vez más autoritarias. El resultado es una paradoja: dirigencias que se presentan como progresistas o incluso revolucionarias en el plano discursivo, pero que en la práctica acompañan o no confrontan las transformaciones estructurales impulsadas por el poder económico y político dominante.
Ese desplazamiento no fue neutro, contribuyó a legitimar discursos, agendas y prácticas que hoy se presentan como sentido común. Esto produce una fractura profunda con la militancia de base, ya que mientras las dirigencias negocian, calculan o se repliegan, son las mismas militantes feministas, territoriales y populares las que salen a poner el cuerpo para defender derechos, sostener espacios, acompañar situaciones de violencia, organizar redes de cuidado y garantizar la reproducción social de la vida. En términos de Rita Segato, puede leerse aquí un desplazamiento desde la centralidad del vínculo hacia una lógica instrumental, donde la política deja de producir vínculo para operar como gestión de posiciones y recursos debilitando las tramas que sostienen la acción colectiva. Esta fractura no puede naturalizarse, nos exige una crítica radical así como también una reconstrucción de la forma de hacer política. Creemos que el desafío aquí es recuperar la política y la militancia como práctica colectiva, situada y sostenida en el tiempo. Hoy, reenamorarse de la organización militante es una necesidad material.
En este marco, el feminismo ha sido una de las experiencias políticas más potentes en Argentina y América Latina, y tiene su fuerza en la capacidad de producir organización, sentido y conflicto. El movimiento feminista ha operado como una práctica transversal que articula luchas en torno a la reproducción de la vida. Como señala Gago (2019), la potencia feminista reside en su capacidad de conectar violencias aparentemente dispersas (económicas, domésticas, estatales, simbólicas) y traducirlas en un campo común de lucha.
El derecho al aborto constituye un ejemplo paradigmático de disputas de sentido, en el que sectores de la derecha conservadora buscaron inscribirlo como una problemática individual, doméstica y confinada al ámbito privado. Como ha sostenido históricamente la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, la IVE es esencial en terminos de acceso a la salud, de desigualdad social, de soberanía sobre el propio cuerpo y de capacidad de decisión en contextos materiales concretos. En este mismo campo de disputas se inscriben las disidencias sexuales, cuya existencia tensiona los dispositivos que organizan la reproducción social, al cuestionar las normas que regulan los cuerpos, la sexualidad y las formas legítimas de vida.
Como plantea Paz Frontera (2023), la derecha radical identifica en el feminismo una amenaza estructural por su capacidad de organización y su potencial de transformación en la disputa de sentidos hegemónicos. En este marco es que sostenemos que recuperar el feminismo implica también recuperar una práctica política que no se subordina a los tiempos electorales ni a las métricas de redes sociales. Repensar la política desde las lógicas feministas implica sostener espacios de formación, debate y militancia que intervengan simultáneamente en la organización material de la reproducción social y en la producción de sensibilidad. Esto supone desarmar la separación entre producción y vida, habilitando formas de poder colectivo ancladas en la interdependencia, la autonomía situada y la gestión común de los recursos. Para garantizar un accionar político que reorganice las condiciones de reproducción de la vida debemos proponernos desprivatizar los cuidados, disputar la producción de subjetividad y construir tramas colectivas que amplíen la capacidad efectiva de decisión sobre los cuerpos, los territorios y el tiempo social. De este modo concebimos la disputa de su organización frente a las formas en que el capital y el Estado los subordinan y extraen valor de ellos, tal como advierte Silvia Federici (2010; 2020).
En la coyuntura actual, marcada por la consolidación de la violencia como forma de enunciación política dominante, el afecto adquiere una dimensión estratégica en sentido de epistemología y metodología militante. Pensado en estos términos, el afecto remite a la construcción de condiciones materiales y simbólicas que sostengan la militancia, habiliten el debate político sin clausuras jerárquicas y fortalezcan tramas colectivas capaces de disputar las lógicas que organizan la vida social. Esta perspectiva permite delimitar un campo de antagonismo, en el que las derechas contemporáneas articulan formas de movilización centradas en la producción y canalización del odio hacia aquello que desborda el orden social (feminismos, migrantes, sectores populares, colectivo LGBTIQ+ y otras identidades subalternizadas). En contraste, la organización política desde ideologías feministas y socialistas debe orientarse a construir condiciones de vida sostenibles marcando una diferencia tajante con las prácticas de odio de la derecha.
El grave error actual de sectores políticos que dicen disputar el sentido de la derecha es la réplica de esa lógica, sin embargo cambiar el objeto del odio no transforma ni cuestiona la estructura que lo produce. Por eso, creemos firmemente que el desafío es construir una forma de hacer política que retome las banderas del deseo revolucionario de transformación, la defensa de la vida en bienestar y la producción de lo común. Frente a un mundo atravesado por genocidios, guerras, hambre, desigualdad extrema y destrucción de condiciones de vida, hablar de amor puede parecer ingenuo. La indignación y la bronca emergen entonces como respuestas inevitables, pero es fundamental dejar de sostener la práctica militante solo por la reacción. Si la militancia queda atrapada en la lógica del enojo permanente, pierde la capacidad de imaginación que habilita la construcción de un futuro distinto.
Por eso, recuperar el amor político, lejos de intentar ser un gesto moral, debe ser una decisión estratégica e ideológica. Este paso implica construir espacios donde militar no sea solo resistir, sino también encontrar sentido, sostén, y comunidad. Debemos lograr generar espacios donde pensar en un mundo mejor deje ser una abstracción utópica para transformarse en una experiencia concreta. El feminismo históricamente ha demostrado que esto es posible. En base a las redes de acompañamiento, la articulación transversal, las asambleas, las movilizaciones y las prácticas territoriales, el feminismo produce lógicas de sentido y de organización donde la vida está en el centro.
Esa es la apuesta: no abandonar la lucha, no ceder derechos, no adaptarse al odio, no reproducir las lógicas de la derecha. Hoy podremos encontrarnos en un momento de declive pero luchar contra el sistema capitalista y patriarcal nunca ha sido fácil. Nos podemos permitir un momento para la frustración, el dolor, la duda, el llanto, pero más temprano que tarde hay que reagrupar fuerzas. Es momento de reconstruir poder popular feminista y socialista en los barrios, en las universidades, en los sindicatos, en los espacios de salud, en la comunicación. Porque la derecha no solo ataca derechos, ataca las condiciones que hacen posible que existan sujetos colectivos capaces de defenderlos. Y porque, frente a eso, la respuesta no puede ser solo resistir, tiene que ser construir.
Referencias bibliográficas
Bhattacharya, T. (Ed.). (2017). Social reproduction theory. Londres: Pluto Press.
Federici, S. (2010). Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Buenos Aires: Tinta Limón.
Federici, S. (2020). Reencantar el mundo: el feminismo y la política de los comunes. Buenos Aires: Tinta Limón.
Gago, V. (2019). La potencia feminista. Buenos Aires: Tinta Limón.
Paz Frontera, A. (2023).¿Demasiado feminismo?. Buenos Aires. Siglo XXI Editores Argentina S.A.
Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires: Prometeo.
Código del artículo: 26004002